Epidemia, amor y poder

Una novela que esta dando que hablar y que le esta gustando a todo el mundo es “Los que duermen en el polvo”, de Horacio Convertini, en clave de ciencia ficción, ofrece la historia de un hombre desdichado que aterriza en un barrio porteño asediado por personas infectadas antropófagas.

 

Escenario apocalíptico, esbozos de ‘zombies’ lentos que buscan carne humana, crisis matrimonial, intrigas políticas y asesinatos y desapariciones. Aunque parecieran reunidos por el azar o por una imaginación forzada (ejemplos reales no faltan), esta combinación de elementos en la reciente obra de Horacio Convertini Los que duermen en el polvo(Alfaguara), confecciona una novela cuidadosamente compacta que refleja las consecuencias de la pérdida y la oscuridad que emana de las personas ante situaciones extraordinarias y difíciles, develando la naturaleza macabra que llevamos dentro.

 

Jorge es el personaje principal y único narrador de la obra. Inserto en un matrimonio asfixiante, a este periodista y funcionario nacional lo sorprende el estallido de una extraña y misteriosa epidemia que se extiende rápidamente por la mayor parte de la Argentina, convirtiendo a los infectados en “bichos” en podredumbre y devoradores de personas a los que, en algunos casos, les transmiten el mal. Luego de permanecer en Río Gallegos, la nueva capital nacional, y tras la desaparición de su esposa Érica, Jorge decide regresar a Buenos Aires e instalarse en lo que fuera el barrio de Nueva Pompeya, el único reducto que fue fortificado y fuertemente armado para la resistencia militar.

Mientras Jorge intenta despegarse de la figura omnipresente de Érica e inicia una especie de romance con una jovencita, se desata una serie de asesinatos que disparan todo tipo de sospechas, y obliga al encargado del fuerte, el iracundo Lele Figueroa, a ir detrás de la verdad.

Una de las fortalezas de Los que duermen en el polvo reside en la construcción y el tejido de la trama, similar a una partida de ajedrez, que resulta en una mezcla interesante de géneros literarios. El contexto noir de terror desatado por la epidemia, los “bichos” y los homicidios sin resolver, que tiene a Nueva Pompeya como epicentro de esperanzas (uno de los recursos explotados anteriormente por el autor en otros textos), se transforma en una plataforma de intrigas, manipulaciones y negociados políticos interesados en la fervorosidad del poder y la transformación. El Lele Figueroa es su máximo exponente: político ambicioso, borracho y fumador, cuya tenacidad y perseverancia dentro de las estructuras gubernamentales lo ciegan de la realidad, en la búsqueda de la reconquista para alcanzar los laureles de la heroicidad: “Lo único seguro es que ese momento va a llegar y que se nos ordenará ampliar la frontera, iniciar una guerra de reconquista para limpiar el país y volver a ser lo que fuimos. Y yo, como primer interventor de la Buenos Aires recuperada, estaré en la vanguardia”.

Por otro lado, la relación de Jorge y Érica antes y después de los “bichos”, la posterior desaparición de la mujer y los pensamientos del protagonista marcan el principal atractivo de la novela. De hecho, la narración de Jorge se va ennegreciendo en el transcurso de las páginas, y adquiere tintes psicopáticos y traumatizados. Un hombre que se auto menosprecia intelectual y sexualmente, que ama y odia a su esposa por la superioridad y capacidad de manipulación afectiva de ésta (“Los ojos escrutadores de Érica me sobrevolaban, como los de un dios que sabe todo y que por eso no juzga, sólo administra la condena del desdén”), va degenerando en una espiral de rencor que, en cierto punto del relato, va perdiendo todo atisbo de certezas, pero que, consecuentemente, encierra claves escondidas en esa corriente de recuerdos imperfectos y persistentes. Esa inspiración en el thriller psicológico arrastra al lector a una incertidumbre que durará hasta la última página. Y promete sorpresas inesperadas.

Los que duermen en el polvo conjuga temáticas interrelacionadas que la convierten en una obra atrapante: la resignación a la pérdida, el desprendimiento de lo celosamente retenido, el engaño como herramienta de lo persuasivo, las difuminaciones entre lo bueno y lo malo, y la violencia en sus facetas físicas y psicológicas insertas en situaciones extremas. Quizás las diferencias entre sanos y “bichos” sean tan solo meras apariencias.

Fuente : MDZ diario On line

http://www.mdzol.com/nota/752343-epidemia-amor-y-poder/

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It al cine

Ahora en septiembre, el 21 se estrena la remake de It, el clásico del amo del miedo Stephen King.

¿Estás preparado para tanto miedo?

It (en idioma español, «Eso») es una novela de terror publicada en 1986 por el escritor estadounidense Stephen King. Cuenta la historia de un grupo de chicos que son aterrorizados por un malvado monstruo -al que llaman «Eso»- que es capaz de cambiar de forma, alimentándose del terror que produce en sus víctimas.

Argumento
La historia se desarrolla alternada en dos épocas: el pasado (1957-58) y el presente (1985). Los hechos acontecen en la comunidad de Derry, en el estado de Maine, Estados Unidos. Bajo la ciudad, a un nivel inconsciente para todos los pobladores, habita un monstruo despiadado de apetito insaciable; esta malévola criatura atormenta a la comunidad desde tiempos remotos. El monstruo es un ser ajeno a este mundo, capaz de leer las mentes y manifestarse como sus miedos, los cuales constituyen su alimento (preferiblemente los de los niños y adolescentes, cuyos temores son muy sencillos de elaborar). Su disfraz más común es el de un payaso, Pennywise, con el que atrae a sus víctimas.

Aunque permanece oculto y acechando la mayor parte del tiempo, se enfrenta dos veces con los protagonistas de la historia, siete niños que se hacen llamar «Los Perdedores» cuyos nombres son: Bill Denbrough, Ben Hanscom, Beverly Marsh, Richie Tozier, Eddie Kaspbrak, Mike Hanlon y Stan Uris.

El primer encuentro (en 1958) sucede cuando son niños, asustados e indefensos, pero con una poderosa capacidad de imaginar; unidos por sus lazos de amistad, reúnen la fuerza para enfrentarse a Eso y detener su ataque. Para lograrlo, se enfrentan a Eso en primer lugar, en la casa abandonada en Neibolt Street, después en su guarida (una vieja red de cloacas bajo la ciudad). En esta guarida, el monstruo toma la forma de una araña gigante y sale gravemente herido aunque logra escapar. Entonces, los niños hacen un pacto: Si Eso regresa, ellos también regresarán. Con el tiempo todos, excepto Mike, se van del pueblo y continúan con sus vidas. Incluso comienzan a perder los recuerdos de su infancia.

 

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Mariana Enríquez: “Quería trabajar sobre las mitologías, tanto las clásicas como las del rock”

Mariana sigue juntando adeptos y felicitaciones, con su reciente novela, se mete de lleno en el mundo del rock, los ídolos musicales, los fans y groupies, con la oscuridad típica que ya le conocemos..

La escritora presenta Éste es el mar, su nueva novela con la que, asegura, se aleja del rótulo terror, que igual siente como un elogio.

mariana enriquez

 

Desde su primera novela, Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1995, y reeditada por Galerna en 2013), hasta su último libro de relatos, Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), Mariana Enríquez cuenta el presente como pocos. Apenas corrida de la norma, un poco torcida de lo evidente. Ahora, con la misma extrañeza cotidiana que crece a lo largo de su obra hasta ser tan horrorosa como hipnótica, pero con un giro hacia o más fantástico, presenta su novela Éste es el mar (Random House, 2017), un delirio tan poético como rockero, y de plus una gran historia de amor, que va totalmente por fuera de cualquier lugar común.

“Supongo que cuanto más grande me pongo menos estricta me vuelvo en cuanto a mi convicción de que las presentaciones no son lo mío. Igual: no son lo mío. Ni me gustan mucho. Pero una excepción de vez en cuando no está mal”, dice la autora, que pocas veces presentó sus libros en Buenos Aires. Las cosas que perdimos en el fuego, su súper éxito  traducido a 14 idiomas y publicado en más de 20 países, la llevó a salir un poco de su pequeña fobia huraña y además de recorrer el mundo -y cosechar un merecido suceso- le puso el cuerpo y la cara oficialmente en la última Feria del Libro, con nada menos que Jorge Herralde, su editor estrella, y los escritores Federico Jeanmaire y Martín Kohan como compañeros de evento.

este es el mar

Siempre dispuesta para dar charlas y entrevistas, pero reacia a la hora del evento propio, ahora, otra vez, Mariana Enríquez se asoma para presentar su nuevo trabajo. “Mi editor, Juan Boido, es mi amigo y fue mi compañero de trabajo durante años, no es fácil decirle que no casi nunca”, ensaya una explicación, y aclara que se siente “agradecidísima”. El miércoles va a presentar Éste es el mar en Eterna Cadencia, también junto a Leonardo Oyola.

La entrada para la presentación en la librería–bar palermitana es gratis, pero la invitación aclara que queda sujeta a la disponibilidad de la sala. Es que el lugar probablemente desborde, ya que Mariana Enríquez tiene un público ávido y participativo, que la lee en sus obras de narrativa, y también en sus notas en Radar, donde hace rato viene de algún modo ensayando este costado diferente que pone a prueba en su nueva novela, una visión intensa, gótica y a la vez moderna, del mundo y los mitos del rock.

-A partir del éxito de Las cosas que perdimos en el fuego se te rotuló como una escritora de terror, en link con tu libro anterior de relatos, Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009). ¿Te definirías dentro de ese género?
-No. Mi novela nueva no es de terror. Mis primeras novelas son realistas. Escribí un libro de crónicas, también una biografía. Pero los cuentos de terror llamaron la atención y entonces me catalogaron así. A mí no me molesta, es un elogio. Pero no tiene mucho que ver con mi producción real.

Aunque Bajar es lo peor es realista, y también de amor, trata el tema de un modo gótico, con algo como vampírico, y usa muchos elementos del género. En Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004) pasan cosas terribles, la novela es aterradora, pero no es de terror, es cierto. Su libro de crónicas de viajes es a cementerios, Alguien camina sobre tu tumba (Galerna, 2013), y en la cruza del oficio periodístico con su mirada particular del mundo, Mariana Enríquez logra un inquietante recorrido, humorístico y entrañable, de un turismo muy peculiar. Finalmente, la biografía es un perfil riguroso de la tremebunda y talentosa Silvina Ocampo, La hermana menor (Ediciones Universidad Diego Portales, Chile, 2014), que tampoco era específicamente una escritora de horror, pero sabía espantar.

-¿Éste es el mar es un intento de cambio de registro?
-Lo es, sin duda. Quería hacer un relato fantástico que no tuviera demasiada conexión, o ninguna, con la Argentina y su historia, algo que sucede en casi todos mis otros libros. Y quería trabajar sobre las mitologías, tanto las clásicas como las del rock, y hacer un mini homenaje a escritores que para mí están muy presentes y son importantes, aunque a veces no aparecen tanto en lo que escribo, como Arthur Machen, Neil Gaiman o Ray Bradbury.

-¿Es diferente sentarte a escribir ahora que tuviste tanta atención mundial?
-No. Espero que no. Uno nunca sabe cómo funcionan las mareas subconscientes, pero yo creo que la atención no me determina para nada. Mis obsesiones son las mismas, nadie me pide nada particular tampoco.

-¿Cuál es tu próximo proyecto?
-Una novela larga que estoy escribiendo. Es un gótico argentino, muy local. Tiene un foco de magia negra, ocultismo, espiritismo, va más por ese lado. Hay un personaje que se roba a un niño con poderes. Y aunque no tiene nada que ver con los bebés robados de la dictadura, eso resuena. Aunque transcurre en los 50, es como un eco. Me gusta laburar con resonancias. Esto pasó antes, pero es como si fuera un mal recurrente que siempre está pasando.

-¿Quién es tu público, según tu percepción?
-No sé. Tengo lectores muy variados. Un porcentaje es lector de género, pero no muy grande. Mi lector ideal, al que de algún modo le escribo siempre, como explica que hace Stephen King con su esposa, y aconseja hacer en su libro Mientras escribo, es mi mejor amigo, Ariel. Él lee todo primero, es bastante obsesivo y me conoce mejor que la mayoría. Es mi lector ideal por muchos motivos, pero básicamente porque hay un imaginario que compartimos, muy queer y fantástico, y relacionado con el ocultismo y cierta idea de belleza y cierta música y cierto horror.

Reproducimos nota de Daniela Pasik para DiarioZ

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VANOLI: “LA LITERATURA TIENE QUE METERSE CON EL PROBLEMA DEL CONSUMO”

“Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso”, afirma Hernán Vanoli, quien recientemente acaba de publicar Pyiongyang (Literatura Random House, 2017). Con un tono fantástico, que roza el presente distópico, el autor propone interrogar la esfera de los consumos actuales y afirma que la “la literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix”.

Reproducimos una nota de La primera Piedra a nuestro escritor Hernán Vanoli

Sobre el autor:

Hernán Vanoli nació en Buenos Aires en 1980. Es uno de los editores de la revista Crisis, donde escribe sobre consumo, literatura e historia cultural, y del pequeño sello Momofuku. Trabaja como guionista e investigador. Publicó relatos en diversas antologías nacionales y extranjeras, una nouvelle pulp, ensayos, un libro de cuentos y las novelas Pinamar y Cataratas (Literatura Random House, 2015).

La distopía llegó, hace rato

Con cuatro cuentos que proponen una interrogación acerca de las formas en las que los humanos interactúan entre sí y con la tecnología, Pyongyang (Literatura Random House, 2017) trae de vuelta a escena a Hernán Vanoli con su tono particular dentro de la literatura argentina. Haciendo uso de distintos registros y recursos, el autor seduce al lector para entrar de lleno en historias donde lo fantástico y lo normal interactúan frecuentemente.

En esa dirección, el uso de referencias culturales y marcas de consumo son algo que caracterizan la obra de Vanoli y que en Pyongyang se puede ver nuevamente, donde sin saturar esa estrategia, las formas de pensar y de sentir de los personajes muchas veces se ven puestas en juego a partir de los distintos consumos que el capitalismo actual y la tecnología le proponen  aun habitante de una gran ciudad, como lo es Buenos Aires.

— ¿Cómo surgieron los cuentos que componen Pyongyang? ¿Fueron en simultáneo o fue un trabajo tuyo posterior juntarlos?
 Es un libro que yo fue escribiendo muy a lo largo del tiempo, osea tenía unos cuantos cuentos que iba a escribiendo de a poco. Llegó un momento en el que me daban ganas de mostrarlos y ahí fue que armé el libro, trabajándolo en conjunto con la editora de Random, Ana Pérez. Suele pasarme que al escribir de a poco los cuentos se van formando diferentes libros, con ejes distintos. La selección es un trabajo muy lindo para mí.

 

— ¿Qué hilo conductor ves como el principal entre estos cuatro cuentos?
— 
Los uní porque me parecía que había un clima compartido. Por un lado había una pregunta acerca de la sociabilidad y los sentimientos, con las transformaciones que se dan de manera cotidiana con la tecnología. Después, por otro lado, me parecía que a pesar de ese componente que los unía, las perspectivas de narración eran bastante diferente entre sí. Eso generaba un conjunto que a mí me cerraba, más con aquello fantástico que los recorre, un poco permeable con el género de ciencia ficción.

La expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa

— En relación con eso que decías, sobre los elementos de ciencia ficción que hay en el libro, también hay algunos elementos realistas en el libro, como una especie de presente distópico. ¿Fue tu intención esa?
 A mí me interesaba extrapolar elementos que me llamaban la atención a terrenos y geografías muy cercanos y palpables. Los cuentos suceden en Buenos Aires, hay recorridos urbanos y están vinculados a experiencias contemporáneas. A mí me sirve siempre siempre pensar las cosas geográficamente e incluso el cuento que le da título al libro, “Pyongayang”tiene esos elementos. El libro se podría haber llamado “Buenos Aires” tranquilamente, por ejemplo, sin embargo Pyongyang también me sirvió para hablar de los estados de la mente: ¿qué nos pasa cuando recorremos la ciudad?

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— Al ubicar las historias en un lugar, que haya ciertas referencias culturales y políticas que al menos un porteño las puede reconocer fácilmente, ¿cómo manejás eso como escritor? Teniendo en cuenta el miedo que puede generar que un libro de literatura sea demasiado “actual”.
 La cuestión de la universalidad es una preocupación que el escritor tiene siempre en la cabeza. Me parece que en el libro hay un intento de anclarlo, pero no demasiado, trabajar esa distancias. Hay una idea de salir del costumbrismo, si bien las referencias podían ser identificables, al mismo tiempo podían funcionar para aquellos que no las conocían.

La experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas

— Siendo un escritor argentino, y por ende sudamericano, ¿cómo escribir desde lo local con ese temor a que no se entienda o no interese? Más si se piensa que la literatura europea o estadounidense no toma esos recaudos.
 Ese es todo un tema, a mí como lector me encanta leer cosas donde aprendo del lugar donde ocurren las cosas sin que me las expliquen. Los escritores sudamericanos podemos hacer lo mismo. Eso trae, por cuestiones de poder y geopolítica algunos inconvenientes, porque la expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa, creo que podemos repensar un poco la categoría de lo local y lo urbano.

— ¿En qué sentido repensarlas?
 Acá estamos en Buenos Aires, que tiene usos de la lengua muy específicas que son históricas, pero después al mismo tiempo, la experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas y no sobreexponer esa “marca local”.

 En entrevistas anteriores señalaste que tu relación con la literatura argentina era como la que se tiene una familia: con los cariños y distancias que eso implica. ¿Cómo sería eso?
 Para mí la materia básica de la literatura es la imaginación, que está dispersa en el lenguaje, en las experiencias, en la forma en la que contamos las cosas. A mí me interesa trabajar con eso, es lo más desafiante en cierto punto. Hay una tradición realista que es muy fuerte y muy buena, pero también me gusta la que hace una interrogación a la imaginación política que tienen las sociedades en un momento determinado. Por ejemplo, yo rescato mucho la figura de Julio Cortázar, que está puesto muchas veces en un lugar de escritor adolescente o setentistas, pero eso tiene que ver en cómo fue apropiado. Él tenía una manera de interrogar la realidad cotidiana y a mí también me interesa esa corriente, correrse un poco de lo anecdótico.

De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas.

— ¿Y qué escritores contemporáneos ves que van en esa dirección? Se me ocurre el ejemplo de Mariana Enríquez, que explota mucho lo fantástico.
 El ejemplo que das vos es muy bueno: Mariana Enríquez tiene un gran trabajo con los géneros. A mí me sorprendió y me impactó Todo lo que perdimos en el fuego, que tiene una variedad de registros muy importante y abría la puerta a esa dimensión sórdida que tiene esa realidad. Luciano Lamberti me parece otros escritor que trabaja muy bien con esos bordes. Hay dos tendencias muy fuertes en la literatura argentina actual: una son las escritoras mujeres, que tienen mucha fuerza. La otra es la ciencia ficción, que se abrió la puerta para escribir sobre el tema.

— Recién hiciste referencia a la fuerte presencia que hay de escritoras mujeres. ¿Se dejó de pensar acerca de “la mirada femenina” cada vez que hay un libro de una autora?
 Lo que me parece que tiene este momento en particular, que es algo que no se daba tan a menudo por un montón de trabas sociales que todos conocemos, es que hay muchas escritoras que escriben muy bien. Además del caso de Mariana, también está Selva Almada, Samanta Schweblin y no puedo dejar de nombrar a Lola (NdE: Lola Copacabana, escritora, editora y traductora, pareja de Vanoli) que fue seleccionada para el Hay Festival en Bogotá. En general, ellas mismas producen que no se las lea como la mirada femenina, sino con una calidad muy potente.

 


 

— Volviendo un poco a Pyongyang, y también a lo largo de tu obra, en tus escritos siempre hay referencias a marcas. ¿Cómo trabajás eso? Pienso en el ejemplo de Fogwill.
 Yo trabajo y trabajé en lo que es el mundo de la investigación de mercado. Para mí una de las principales esferas de la actividad humana donde la literatura debe meterse es en la esfera de consumo. Todo nuestro lenguaje está infectado por eso y hay una industria poderosísima como la de la mercadotecnia, que influye en nuestra experiencia urbana. A mí me parece que todo lo que es lo relacionado a las marcas en la literatura aparece demasiado poco. Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

Hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

— ¿Cómo sería hacerse cargo de eso?
 Tiene que pensar su rol en relación con el consumo y con la identificación que proponen las marcas. Ahora la publicidad está proponiendo formas de operar en la ciudad, de llevarse con el otro, de entender el cuerpo. De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas. La literatura tiene que ser una máquina de combate y meterse con estos problemas, no en un rol de denuncia, pero sí para interrogarlos de manera ética, estética y políticamente.

— ¿Y cómo evitar que la literatura sea pensada como un consumo acrítico más?
 La literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix. Con que complejice las cosas, me deje pensando y después dude dos veces antes de hacer un acto que yo tenía naturalizado, alcanza para mí. Con esto no estoy criticando las series de Netflix, porque hay cosas que están buenísimas y Pyongyang se nutre un poco de eso, como por ejemplo Black Mirror.

 

— A la hora de escribir, ¿tenés algún mecanismo o rutina?
 Tomo muchas notas, sin llegar a ser diarios, que es algo que me gustaría hacer, pero soy muy anárquico: tomo notas de voz, tengo infinidad de libretas con cosas que se me ocurren. Después, necesito saber que tengo tiempo por delante para poder arrancar una historia, en eso tengo un cierto grado de neurosis muy importante. Una vez que siento que la historia está encaminada, no necesito nada.

Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido

— Un poco ya hablamos antes, ¿qué panorama tenés de la literatura argentina?
 Mi panorama es que hay mucha diversidad, un montón de cosas que sorprenden, una gran cantidad de editoriales. Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido. Me parece que las generaciones nuevas de escritores son muy interesantes, que ese escribe con mucha libertad y el peso de la tradición es cada vez menor,lo cual tiene un costado que está bueno. También hay pocas instancias de críticas relacionadas a los libros.

— Por último, para alguien que quiere empezar a escribir, ¿qué consejo le darías?
— Las cosas básicas que uno puede decir es que se lea todo lo posible, de materiales diversos: leer ensayos y poesía es muy importante. Conversar con gente que también está escribiendo es clave, lo mismo aproximarse a otras disciplinas artísticas. Y algo fundamental es la honestidad: no escribir como una especie de ganar algo o posicionarse, sino hacerlo con una reflexión muy fuerte acerca de lo que uno hace y que, como dijo Daniel Durand en un poema, la vida tiene que parecerse a lo que uno escribe. Por eso la idea de vivir de la literatura es un poco ridícula no solo en un plano material, sino porque aislarse en la escritura puede ser contraproducente. Yo desconfío un poco del escritor que en un momento de su vida se dedica solo a escribir: uno tiene que chocarse con el mundo, tiene que escuchar, aprender, cambiar su mentalidad.

 

Fuente: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2017/07/entrevista-hernan-vanoli-la-literatura-meterse-problema-del-consumo/

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