VANOLI: “LA LITERATURA TIENE QUE METERSE CON EL PROBLEMA DEL CONSUMO”

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“Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso”, afirma Hernán Vanoli, quien recientemente acaba de publicar Pyiongyang (Literatura Random House, 2017). Con un tono fantástico, que roza el presente distópico, el autor propone interrogar la esfera de los consumos actuales y afirma que la “la literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix”.

Reproducimos una nota de La primera Piedra a nuestro escritor Hernán Vanoli

Sobre el autor:

Hernán Vanoli nació en Buenos Aires en 1980. Es uno de los editores de la revista Crisis, donde escribe sobre consumo, literatura e historia cultural, y del pequeño sello Momofuku. Trabaja como guionista e investigador. Publicó relatos en diversas antologías nacionales y extranjeras, una nouvelle pulp, ensayos, un libro de cuentos y las novelas Pinamar y Cataratas (Literatura Random House, 2015).

La distopía llegó, hace rato

Con cuatro cuentos que proponen una interrogación acerca de las formas en las que los humanos interactúan entre sí y con la tecnología, Pyongyang (Literatura Random House, 2017) trae de vuelta a escena a Hernán Vanoli con su tono particular dentro de la literatura argentina. Haciendo uso de distintos registros y recursos, el autor seduce al lector para entrar de lleno en historias donde lo fantástico y lo normal interactúan frecuentemente.

En esa dirección, el uso de referencias culturales y marcas de consumo son algo que caracterizan la obra de Vanoli y que en Pyongyang se puede ver nuevamente, donde sin saturar esa estrategia, las formas de pensar y de sentir de los personajes muchas veces se ven puestas en juego a partir de los distintos consumos que el capitalismo actual y la tecnología le proponen  aun habitante de una gran ciudad, como lo es Buenos Aires.

— ¿Cómo surgieron los cuentos que componen Pyongyang? ¿Fueron en simultáneo o fue un trabajo tuyo posterior juntarlos?
 Es un libro que yo fue escribiendo muy a lo largo del tiempo, osea tenía unos cuantos cuentos que iba a escribiendo de a poco. Llegó un momento en el que me daban ganas de mostrarlos y ahí fue que armé el libro, trabajándolo en conjunto con la editora de Random, Ana Pérez. Suele pasarme que al escribir de a poco los cuentos se van formando diferentes libros, con ejes distintos. La selección es un trabajo muy lindo para mí.

 

— ¿Qué hilo conductor ves como el principal entre estos cuatro cuentos?
— 
Los uní porque me parecía que había un clima compartido. Por un lado había una pregunta acerca de la sociabilidad y los sentimientos, con las transformaciones que se dan de manera cotidiana con la tecnología. Después, por otro lado, me parecía que a pesar de ese componente que los unía, las perspectivas de narración eran bastante diferente entre sí. Eso generaba un conjunto que a mí me cerraba, más con aquello fantástico que los recorre, un poco permeable con el género de ciencia ficción.

La expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa

— En relación con eso que decías, sobre los elementos de ciencia ficción que hay en el libro, también hay algunos elementos realistas en el libro, como una especie de presente distópico. ¿Fue tu intención esa?
 A mí me interesaba extrapolar elementos que me llamaban la atención a terrenos y geografías muy cercanos y palpables. Los cuentos suceden en Buenos Aires, hay recorridos urbanos y están vinculados a experiencias contemporáneas. A mí me sirve siempre siempre pensar las cosas geográficamente e incluso el cuento que le da título al libro, “Pyongayang”tiene esos elementos. El libro se podría haber llamado “Buenos Aires” tranquilamente, por ejemplo, sin embargo Pyongyang también me sirvió para hablar de los estados de la mente: ¿qué nos pasa cuando recorremos la ciudad?

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— Al ubicar las historias en un lugar, que haya ciertas referencias culturales y políticas que al menos un porteño las puede reconocer fácilmente, ¿cómo manejás eso como escritor? Teniendo en cuenta el miedo que puede generar que un libro de literatura sea demasiado “actual”.
 La cuestión de la universalidad es una preocupación que el escritor tiene siempre en la cabeza. Me parece que en el libro hay un intento de anclarlo, pero no demasiado, trabajar esa distancias. Hay una idea de salir del costumbrismo, si bien las referencias podían ser identificables, al mismo tiempo podían funcionar para aquellos que no las conocían.

La experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas

— Siendo un escritor argentino, y por ende sudamericano, ¿cómo escribir desde lo local con ese temor a que no se entienda o no interese? Más si se piensa que la literatura europea o estadounidense no toma esos recaudos.
 Ese es todo un tema, a mí como lector me encanta leer cosas donde aprendo del lugar donde ocurren las cosas sin que me las expliquen. Los escritores sudamericanos podemos hacer lo mismo. Eso trae, por cuestiones de poder y geopolítica algunos inconvenientes, porque la expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa, creo que podemos repensar un poco la categoría de lo local y lo urbano.

— ¿En qué sentido repensarlas?
 Acá estamos en Buenos Aires, que tiene usos de la lengua muy específicas que son históricas, pero después al mismo tiempo, la experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas y no sobreexponer esa “marca local”.

 En entrevistas anteriores señalaste que tu relación con la literatura argentina era como la que se tiene una familia: con los cariños y distancias que eso implica. ¿Cómo sería eso?
 Para mí la materia básica de la literatura es la imaginación, que está dispersa en el lenguaje, en las experiencias, en la forma en la que contamos las cosas. A mí me interesa trabajar con eso, es lo más desafiante en cierto punto. Hay una tradición realista que es muy fuerte y muy buena, pero también me gusta la que hace una interrogación a la imaginación política que tienen las sociedades en un momento determinado. Por ejemplo, yo rescato mucho la figura de Julio Cortázar, que está puesto muchas veces en un lugar de escritor adolescente o setentistas, pero eso tiene que ver en cómo fue apropiado. Él tenía una manera de interrogar la realidad cotidiana y a mí también me interesa esa corriente, correrse un poco de lo anecdótico.

De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas.

— ¿Y qué escritores contemporáneos ves que van en esa dirección? Se me ocurre el ejemplo de Mariana Enríquez, que explota mucho lo fantástico.
 El ejemplo que das vos es muy bueno: Mariana Enríquez tiene un gran trabajo con los géneros. A mí me sorprendió y me impactó Todo lo que perdimos en el fuego, que tiene una variedad de registros muy importante y abría la puerta a esa dimensión sórdida que tiene esa realidad. Luciano Lamberti me parece otros escritor que trabaja muy bien con esos bordes. Hay dos tendencias muy fuertes en la literatura argentina actual: una son las escritoras mujeres, que tienen mucha fuerza. La otra es la ciencia ficción, que se abrió la puerta para escribir sobre el tema.

— Recién hiciste referencia a la fuerte presencia que hay de escritoras mujeres. ¿Se dejó de pensar acerca de “la mirada femenina” cada vez que hay un libro de una autora?
 Lo que me parece que tiene este momento en particular, que es algo que no se daba tan a menudo por un montón de trabas sociales que todos conocemos, es que hay muchas escritoras que escriben muy bien. Además del caso de Mariana, también está Selva Almada, Samanta Schweblin y no puedo dejar de nombrar a Lola (NdE: Lola Copacabana, escritora, editora y traductora, pareja de Vanoli) que fue seleccionada para el Hay Festival en Bogotá. En general, ellas mismas producen que no se las lea como la mirada femenina, sino con una calidad muy potente.

 


 

— Volviendo un poco a Pyongyang, y también a lo largo de tu obra, en tus escritos siempre hay referencias a marcas. ¿Cómo trabajás eso? Pienso en el ejemplo de Fogwill.
 Yo trabajo y trabajé en lo que es el mundo de la investigación de mercado. Para mí una de las principales esferas de la actividad humana donde la literatura debe meterse es en la esfera de consumo. Todo nuestro lenguaje está infectado por eso y hay una industria poderosísima como la de la mercadotecnia, que influye en nuestra experiencia urbana. A mí me parece que todo lo que es lo relacionado a las marcas en la literatura aparece demasiado poco. Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

Hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

— ¿Cómo sería hacerse cargo de eso?
 Tiene que pensar su rol en relación con el consumo y con la identificación que proponen las marcas. Ahora la publicidad está proponiendo formas de operar en la ciudad, de llevarse con el otro, de entender el cuerpo. De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas. La literatura tiene que ser una máquina de combate y meterse con estos problemas, no en un rol de denuncia, pero sí para interrogarlos de manera ética, estética y políticamente.

— ¿Y cómo evitar que la literatura sea pensada como un consumo acrítico más?
 La literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix. Con que complejice las cosas, me deje pensando y después dude dos veces antes de hacer un acto que yo tenía naturalizado, alcanza para mí. Con esto no estoy criticando las series de Netflix, porque hay cosas que están buenísimas y Pyongyang se nutre un poco de eso, como por ejemplo Black Mirror.

 

— A la hora de escribir, ¿tenés algún mecanismo o rutina?
 Tomo muchas notas, sin llegar a ser diarios, que es algo que me gustaría hacer, pero soy muy anárquico: tomo notas de voz, tengo infinidad de libretas con cosas que se me ocurren. Después, necesito saber que tengo tiempo por delante para poder arrancar una historia, en eso tengo un cierto grado de neurosis muy importante. Una vez que siento que la historia está encaminada, no necesito nada.

Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido

— Un poco ya hablamos antes, ¿qué panorama tenés de la literatura argentina?
 Mi panorama es que hay mucha diversidad, un montón de cosas que sorprenden, una gran cantidad de editoriales. Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido. Me parece que las generaciones nuevas de escritores son muy interesantes, que ese escribe con mucha libertad y el peso de la tradición es cada vez menor,lo cual tiene un costado que está bueno. También hay pocas instancias de críticas relacionadas a los libros.

— Por último, para alguien que quiere empezar a escribir, ¿qué consejo le darías?
— Las cosas básicas que uno puede decir es que se lea todo lo posible, de materiales diversos: leer ensayos y poesía es muy importante. Conversar con gente que también está escribiendo es clave, lo mismo aproximarse a otras disciplinas artísticas. Y algo fundamental es la honestidad: no escribir como una especie de ganar algo o posicionarse, sino hacerlo con una reflexión muy fuerte acerca de lo que uno hace y que, como dijo Daniel Durand en un poema, la vida tiene que parecerse a lo que uno escribe. Por eso la idea de vivir de la literatura es un poco ridícula no solo en un plano material, sino porque aislarse en la escritura puede ser contraproducente. Yo desconfío un poco del escritor que en un momento de su vida se dedica solo a escribir: uno tiene que chocarse con el mundo, tiene que escuchar, aprender, cambiar su mentalidad.

 

Fuente: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2017/07/entrevista-hernan-vanoli-la-literatura-meterse-problema-del-consumo/

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Natalia Méndez: “Estoy aprendiendo a apagar esa voz editorial que me habla todo el tiempo cuando me siento a escribir”

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Natalia Mendez es actualmente editora de Edelvives acaba de sacar un nuevo libro para chicos, La misteriosa desaparición del Señor Tomás, con ilustraciones de Patricia López Latour.

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Muriel es una niña que vive con su su padre, su hermana Larisa y el señor Tomás, un gato negro muy esponjoso y muy dormilón. Una tarde, vuelven del colegio y descubren que el señor Tomás no está por ningún lado. Lo llaman, le ofrecen su comida favorita, preguntan a algunos vecinos, pero no hay caso. Muriel no piensa darse por vencida, tiene que descubrir qué pasó con su gato.

Editado en la colección Caminadores, del sello PRIMERA SUDAMERICANA, es ideal para chicos a partir de 4 años.

Natalia Méndez: Nació en Buenos Aires, en 1976. Trabaja en el área de edición de libros para niños y jóvenes desde 2002.  Es profesora, escritora y editora, especializada en Literatura Infantil y Juvenil. Es también autora de Hojas sobre la almohada (Abran Cancha, 2014). Además, hace los visuales con papeles recortados y retroproyector para el grupo de música infantil Únicanuez y tiene el pequeño sello de edición artesanal Dábale arroz, junto con Eduardo Abel Gimenez.

 

Aquí reproducimos una entrevista:

Natalia Méndez es un referente en la cultura de la infancia: edita, escribe, moldea, pliega, crea, y todo eso sin abandonar a la lectora que fue de chica. Trabaja en la edición de libros para niños y jóvenes desde 2002. Actualmente es la responsable del área de libros infantiles y juveniles de Edelvives Argentina. Dicta clases en la Carrera de Edición en la UBA y escribió Hojas sobre la almohada (poesía, ilustrado por Fernando Calvi, Abran Cancha, 2014) y Visitas (libro álbum, ilustrado por Fernando Calvi,  Abran Cancha, 2017). Además, da clases de origami en Origamiteca y tiene el pequeño sello de edición artesanal Dábale arroz y un emprendimiento de cerámica y minilibros llamado A la zorra.

 

—¿Cómo surgió La misteriosa desaparición del señor Tomás?

—Así como lo ves, ese cuento tiene un montón de reescrituras y cambios de forma. La primera versión fue por un pedido de Mariana Vera, directora del área de infantiles en Penguin Random House, con quien yo trabajé muchos años. Era para otra colección que al final nunca salió, pero como el texto que les mandé les había gustado lo pasaron a Los caminadores, una colección que me encanta, y me puso muy contenta que lo quisieran para ahí. La última versión, a partir de unos comentarios muy acertados de la editora, es muy diferente. Había que cambiar casi toda la resolución de la historia, y ya estaba por abandonar porque no se me ocurría bien cómo resolverlo, hasta que pensé en usar una vuelta hacia lo fantástico (la primera versión era más bien realista) y darle más protagonismo al gato. Creo que ganó con ese cambio y yo me divertí mucho más con las cosas que hacían los personajes. Espero que los lectores también.

—Vos sos editora, ¿cómo se maneja el trabajo de escritora, desde ese doble rol? ¿Algo pesa más?

—Sí, pesa mucho más mi trabajo de editora, por ahora. Estoy de a poco aprendiendo a apagar esa voz editorial que me habla todo el tiempo en la cabeza cuando me siento a escribir. Es muy difícil ponerse a escribir con ese rol en la cabeza, porque no se lee igual, y no es lo mismo editar textos de otros que la obra propia. Desde hace un par de años estoy dando también cursos de escritura y eso me ayudó bastante con el ejercicio de cambiar de rol e intentar aplicar en mi escritura las cosas que les digo a los alumnos.

—Ya habías escrito un libro de poemas, ¿tenés pensado seguir entre ambos espacios?

—Me encantaría. Salió en abril de este año para la Feria del Libro otro título en Abran Cancha (donde está publicado el libro de poemas). Es un álbum ilustrado, con ilustraciones de Fernando Calvi, que se llama Visitas.
Tengo un par más de proyectos dando vueltas, pero todavía les falta trabajo como para mostrarlos. Lo próximo que salga posiblemente sea en Dábale arroz, un sello artesanal que hacemos con Eduardo Abel Giménez, si logramos dedicarle el tiempo que requiere, para antes de fin de año. Por ahora estoy muy ocupada trabajando en unos textos teóricos para unas clases sobre lectura y escritura de literatura infantil y juvenil. Así que como verás, planes de seguir con la escritura tengo muchos, luego se verá qué y cómo se van concretando. Tanto La misteriosa desaparición del señor Tomás como Visitas tardaron un par de años largos desde que los escribí hasta que finalmente salieron publicados, así que ante todo encaro el tema con mucha paciencia.

—¿Te sentís atravesada por la LIJ o podrías escribir para adultos? ¿Existe un tono o un estilo LIJ?

—Los libros para chicos son el eje en el que trabajo, y disfruto mucho leyendo libros para chicos para el trabajo editorial, para las clases y por gusto también. Pero también leo mucha ficción y no ficción para adultos. Puedo pasar de leer un libro de historietas sin texto para chicos muy chicos a un ensayo sobre la historia de la cultura a una novela de ciencia ficción de los años 60. Esa libertad lectora me permite no sentirme atravesada por los libros para chicos, no en el sentido limitante, al menos, en donde no entra nada más. Me gusta que entre todo y se mezcle en el recorrido lector. Me encanta encontrar ecos o rimas lejanas entre textos que parece que no tienen nada que ver a simple vista, porque de alguna forma creo que los lectores quedamos atravesados por todas las lecturas, desde la primera hasta la actual. Muy modestamente, con un detalle, intenté hacer algo de eso en una parte de La misteriosa desaparición del señor Tomás. Es un texto breve y no quería caer en la cosa de dar un mensaje, pero tampoco quería que Muriel, la protagonista, pareciera una súper chica. A mí me daba miedo levantarme de la cama de noche y atravesar la casa hasta la cocina, y no me pareció natural que Muriel se levantara sin más a resolver todo sola. Entonces parafraseé algo que dice un personaje de Game of Thrones, cuando un padre le dice a un hijo lo que es ser valiente, y lo usé como una frase que Muriel hubiera escuchado de su papá y que se repite para darse ánimo. No importa si nadie se da cuenta nunca. Para mí era en principio un aprendizaje narrativo, aprender de cómo están escritas cosas que me gusta leer y cómo usar esos recursos. Pero además, capaz un papá que le lee el cuento a sus hijos percibe el guiño, o en algún momento esos chicos tienen miedo y tienen una forma de conectar con una idea que a mí me pareció valiosa y que encontré mucho más tarde en mi recorrido lector. Es también una forma de compartir lecturas.

—¿Recordás las sensaciones que te generaban tus primeras lecturas?

—Me acuerdo perfecto la sensación que me producían las lecturas cuando era chica, capaz no me acuerdo las tramas de los libros, pero sí momentos, sí ideas que se me iban quedando y que a veces resonaron mucho más tarde, sí el gusto, la curiosidad, las ganas de leer. Y eso no cambió con los años. No sé si hay un tono o un estilo especial que delimite los libros para chicos, desde el punto de vista de la lectura. Sí, claro, que hay algunos temas que a los lectores más chicos pueden no interesarles, pueden escapar totalmente de su horizonte.

 

Fuente INFOBAE: http://www.infobae.com/cultura/2017/07/11/natalia-mendez-estoy-aprendiendo-a-apagar-esa-voz-editorial-que-me-habla-todo-el-tiempo-cuando-me-siento-a-escribir/

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Ray Loriga visita la Argentina

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Ray Loriga (Madrid, 1967), novelista, guionista y director de cine, es autor de las novelas Lo peor de todo (1992), Héroes (1993), Caídos del cielo (1995), Tokio ya no nos quiere (1999), Trífero (2000 y 2014), El hombre que inventó Manhattan (2004), Ya sólo habla de amor (2008), Sombrero y Mississippi(2010), El bebedor de lágrimas (2011) y Za Za, emperador de Ibiza (2014), y de los libros de relatos Días extraños (1994), Días aún más extraños (2007) y Los oficiales y El destino de Cordelia (2009). Su obra literaria, traducida a catorce idiomas, es una de las mejor valoradas por la crítica nacional e internacional. Como guionista de cine ha colaborado, entre otros, con Pedro Almodóvar y Carlos Saura. Ha dirigido las películas La pistola de mi hermano, adaptación de su novela Caídos del cielo, y Teresa, el cuerpo de Cristo. Ha colaborado en publicaciones como Ajoblanco, El Europeo y El País.

Identificado con el realismo sucio español, admira a novelistas como William Burroughs o Jack Kerouac. Obtuvo el Premio Alfaguara de Novela 2017 por Rendición. El jurado dijo “Una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos”.

 

Sobre Rendición:

¿Quiénes somos cuando nos cambian las circunstancias?

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La guerra dura ya una década y nadie sabe a ciencia cierta cómo transcurre, qué bando fue el agresor y cuál el agredido. En la comarca, la vida ha continuado entre el temor a la delación y la añoranza de los que fueron al frente. Cuando llega el momento de evacuar la zona por seguridad, él emprende camino junto a su mujer y al niño Julio, que ayuda a amortiguar el dolor por la ausencia de los hijos soldados.

Un futuro protegido parece aguardarles en la ciudad transparente, donde todo es de dominio público y extrañamente alegre. Allí los recuerdos desaparecen; no existe intimidad, ni siquiera se puede sentir miedo. Hasta el momento en que la conciencia despierta y se impone asumir las consecuencias.

«Una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva, una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada y al juicio de todos. A través de una voz humilde y reflexiva con inesperados golpes de humor, el autor construye una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos.»

Del acta del jurado del XX Premio Alfaguara de novela, presidido por Elena Poniatowska y compuesto por Eva Cosculluela, Juan Cruz, Marcos Giralt Torrente, Andrés Neuman, Santiago Roncagliolo, Samanta Schweblin y Pilar Reyes.

 

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Buenos Aires celebra el medio siglo de “Cien años de soledad”

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Con una oferta inagotable de muestras, ciclos literarios, instalaciones y ediciones especiales, Buenos Aires celebrará desde esta semana y hasta fines de julio los cincuenta años de “Cien años de soledad”, la novela icónica del colombiano Gabriel García Márquez que se publicó en toda Latinoamérica y España gracias a la apuesta de riesgo que realizó una editorial argentina bajo la tutela del mítico editor Francisco “Paco” Porrúa.

A la luz de las múltiples influencias y derivaciones que provocó su aparición en una escena literaria dominada por las referencias indigenistas y los vínculos hieráticos entre ficción y realidad, resulta difícil no imaginar un destino de grandeza para la saga de los Buendía, que lleva vendidos más de 50 millones de ejemplares y es por lejos la novela más popular de América Latina.

El panorama no era tan nítido sin embargo en 1967, el año en que Porrúa -que se desempeñaba como asesor en Editorial Sudamericana- decidió apostar por García Márquez, que por entonces había publicado tres obras con buenas críticas pero ventas mínimas y sobrevivía escribiendo guiones de cine en México, al mismo tiempo que Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar entregaban al mercado editorial los primeros títulos de lo que luego sería conocido como el “boom latinoamericano”.

“Estoy, en efecto, trabajando en mi quinto libro, ‘Cien años de soledad’. Es una novela muy larga y muy compleja en la cual tengo fincadas mis mejores ilusiones. Según mis cálculos, los originales tendrán unas 700 cartillas, de las cuales tengo listas 400. A pesar de las dificultades con que trabajo en este libro que he planeado durante unos 15 años, estoy haciendo esfuerzos para terminarlo a más tardar en marzo”, le había escrito el colombiano al editor en una misiva fechada el 30 de octubre de 1965.

“Cien años de soledad” se publicó finalmente el 5 de junio de 1967 con una tirada inicial de ocho mil ejemplares que se agotó en quince días y salió con una portada provisoria -la imagen de un barco en medio de la selva, hoy transformada en un emblema- ya que la tapa que deseaba el escritor no llegó a tiempo desde Colombia.

“Fue una audacia apostar por García Márquez en aquel momento, pero creo que todos los editores cuando publican un primer libro de un autor desconocido son audaces. Por algo Porrúa fue un editor mítico, porque apostó y ganó varias veces eligiendo autores desconocidos y perseverando en publicarlos aunque de la primera vez no se vendieran… pero este no fue el caso de ‘Cien años de soledad'”, destaca Gloria Rodrigué, que tenía apenas 16 cuando comenzó a trabajar en Editorial Sudamericana, el sello fundado por su abuelo.

“No había pasado ni un mes y tuvimos que reeditarla”, evoca la editora, que dejó el sello en 2005 y tuvo la oportunidad de conocer al Premio Nobel de Literatura 1982: “Era una persona afable y simpática y era apasionante escuchar los cuentos de su niñez y su vida en Colombia. La última vez que hablé por teléfono con él fue luego de la publicación de ‘Historia de mis putas tristes’ y recuerdo que él estaba muy sorprendido de que su libro se estuviera vendiendo en las librerías de Buenos Aires”, recuerda.

Han pasado cincuenta años desde ese hito fundante de la renovación literaria del continente y se multiplican las interpretaciones en torno a los aportes de “Cien años de soledad”, algunas de sesgo crítico como las de McOndo -el colectivo que hace unos años fundaron escritores como Rodrigo Fresán o Alberto Fuguet contra la tradición del realismo mágico- aunque la mayoría dedicadas a exaltar los aciertos de este texto, en especial su innovación de la estructura de la novela y la inauguración de una perspectiva poscolonial en la narrativa latinoamericana.

“Creo que su mayor hallazgo es el estilo (no una ‘escritura’, como se insiste) muy decantado, adiestrado por las buenas lecturas de García Márquez y su veteranía, a los cuarenta años, de periodista. Una sí­ntesis de la mitología americana contada con extrema gracia y buen vocabulario, con los aportes antropológicos que la época exigía”, señala a Télam el editor Luis Chitarroni.

cien años 50 aniv.
En ocasión del 50 aniversario de la publicación de Cien años de soledad, llega una edición con ilustraciones inéditas de la artista chilena Luisa Rivera y con una tipografía creada por el hijo del autor, Gonzalo García Barcha. Una edición conmemorativa de una novela clave en la historia de la literatura, una obra que todos deberíamos tener en nuestras estanterías.

¿Qué posición ocupa “Cien años de soledad” en la literatura a cincuenta años de su aparición? “Un lugar ambiguo. La envidia literaria de muchos contemporáneos y la frivolidad aburridí­sima de las modas sucesivas (idénticas a sí­ mismas desde hace por lo menos cuarenta de los últimos cincuenta años), con sus critículos rapaces y sus ‘transgresores’ de vidriera se encargaron de incomodarla en el sentido más etimológico”, apunta quien hoy está a cargo del sello La Bestia Equilátera.

Acaso como parte de esa ambigüedad que señala Chitarroni, en sintonía con el aniversario de la publicación a partir de esta semana tendrá lugar en la Argentina -a tono con una agenda compartida con otras regiones del continente- un extenso repertorio de tributos que volverán sobre los alcances de la novela y permitirán su circulación a través de nuevas ediciones.

El grupo Penguin Random House, que hace algunos años absorbió a la editorial Sudamericana, acaba de lanzar dos ediciones conmemorativas: una lleva la tapa original de Iris Pagano y la otra es una versión limitada confeccionada en cartoné y lomo de tela que lleva ilustraciones de la artista chilena Luisa Rivera y una tipografía especialmente diseñada por Gonzalo García, hijo de García Márquez.

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Manual para mujeres de la limpieza

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Tras años de injusto olvido, te invitamos a que descubras una joya de Alfaguara: Lucia Berlin y su libro de cuentos “Manual para mujeres de la limpieza”, el secreto mejor guardado de la literatura estadounidense, una auténtica revolución literaria.

 

Con su inigualable toque de humor y melancolía, Berlin se hace eco de su vida, asombrosa y convulsa, para crear verdaderos milagros literarios con episodios del día a día. Las mujeres de sus relatos están desorientadas, pero al mismo tiempo son fuertes, inteligentes y, sobre todo, extraordinariamente reales. Ríen, lloran, aman, beben: sobreviven.

La crítica ha dicho…

«Su prosa desciende de Proust y de Chéjov. Siempre me he preguntado por qué el mundo ha tardado tanto en descubrir a Lucia Berlin.» Elizabeth Geoghegan, The Paris Review

«¿Cómo una autora así pudo pasar desapercibida? Quienes adoren a Grace Paley y Lorrie Moore no podrán resistirse al talento de Berlin.» Marion Wink, Newsday

«Algunos escritores de relatos como Munro, Trevor o Chéjov se ponen a tu lado, te dan un suave golpe en el hombro y te dicen: “Ven, siéntate, escucha lo que tengo que decir”. Lucia Berlin da vueltas a tu alrededor, te tira al suelo y pone tu cara sobre el barro.» Ruth Franklin, The New York Times Book Review

«Tras una vida en la oscuridad, ahora se la reverencia como a un genio literario.» Brigit Katz, The New York Times

«Este volumen debería bastar para colocarla a la altura de Jean Rhys o Raymond Carver.» John Self, The Independent

«Recién aparecido en EE.UU., ya ha arrasado en los suplementos literarios y tiene todos los puntos para convertirse en un libro de culto.» Sergio Vila-Sanjuán, La Vanguardia

¿Quién es Lucía Berlin?

Cuando, cerrado el siglo XX, parecía cerrada también la lista de los grandes cuentistas norteamericanos del siglo: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Truman Capote, Paul Bowles, Raymond Carver, Alice Munro, Lydia Davis? he aquí que aparece un nombre nuevo, con una obra escasa ?setenta y siete cuentos en total? pero que deslumbra a todos y conquista sin disputa un lugar entre los grandes. Se trata de Lucia Berlin, fallecida en el 2004, y de quien, hasta entonces, casi nadie había oído hablar. Cierto, había publicado algunas cosas en vida: sus primeros cuentos datan de los años sesenta, cuando Lucia, nacida en Alaska en 1936, rondaba la treintena; algunos vieron la luz en revistas, su primer libro ( Angels Laundromat) data de 1981, y publicó otros cinco hasta su muerte, siempre en pequeñas editoriales. Pero sólo el año pasado, concretamente en agosto del 2015, ?uno de los secretos mejor guardados de América? (en palabras de un crítico) salió a la luz. Pues uno de los sellos más poderosos de EE.UU., Farrar Straus and Giroux, publicó Manual para mujeres de la limpieza / Manual per a dones de fer feines, una selección de sus mejores cuentos (que llega a España en castellano de la mano de Alfaguara, en una excelente traducción de Eugenia Vázquez Nacarino y en catalán por L’Altra Editorial, con traducción de Albert Torrescasana, en librerías el día 16).

Para sorpresa de propios y extraños el libro se situó nada más salir en el segundo puesto de la lista de los más vendidos del The New York Times. En pocas semanas había vendido más de lo que vendieron, a lo largo de treinta años, todos sus libros anteriores juntos; y aunque, por no estar viva su autora o por tratarse de obra publicada con anterioridad, no pudo recibir ninguno de los grandes premios, sí fue incluido en la lista de los mejores libros del año de las principales revistas y suplementos literarios del país. Pero ¿quién fue Lucia Berlin?

Muchas cosas. Y esa es una de las claves que explica la riqueza, la variedad de sus cuentos. Lucia era hija de un ingeniero de minas y de una mujer fría, racista y alcohólica (así la describe en muchos de sus relatos). Pasó su infancia de ciudad minera en ciudad minera en Idaho, Montana y Arizona. Luego, su padre se fue a la guerra y Lucia, su madre y su hermana se quedaron en El Paso (Texas), donde Lucia asistió, becada, a un colegio de monjas, en el que era la única protestante; además, como su madre prefería la botella a sus hijas, Lucia vivía prácticamente con la familia siria de al lado (lo narra en el cuento Silencio). Tuvo, como puede verse, muchas oportunidades para observar las diferencias culturales por religión u origen social o geográfico, e incluso para imaginar qué habría sido su vida en otra comunidad, por ejemplo, si su familia hubiera muerto en un terremoto y ella se hubiera quedado a vivir con los amigos sirios ( Volver al hogar).

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Con la adolescencia vino una nueva mudanza, a Santiago de Chile, y con ella, una metamorfosis: de niña estadounidense de clase media sin más, Lucia se encontró convertida en una señorita de la clase alta chilena, alumna de un exclusivo colegio privado, que dividía su tiempo, los fines de semana, entre las fiestas de la alta sociedad, con baile y cenas de seis platos, y visitas a los vertederos y chabolas en compañía de una profesora norteamericana, medio misionera, medio revolucionaria (el cuento en el que lo narra, Buenos y malos, es magistral, y el personaje de la profesora, inolvidable). Estudió después ?quería ser escritora, o periodista? en la Universidad de California, donde entre otros, tuvo como profesor a Ramón J. Sender.

Varios traslados (?debo llevar unas doscientas mudanzas a cuestas?, dice en uno de los cuentos), bodas, divorcios e hijos después, encontramos a Lucia en Nueva York, viviendo, por falta de recursos económicos, en un edificio de oficinas, donde se apaga la calefacción de noche: era todo supuestamente alegre, despreocupado y liberal, con mucho jazz, nomadismo, sexo y copas (el tipo de vida retratado por Kerouac o Ginsberg). Pero Lucia y sus dos hijos tenían que dormir vestidos con ropa de esquí. El padre, como tantos en esa época de una libertad sexual recién estrenada cuyas consecuencias, sin embargo, pagaban ellas más que ellos, había hecho mutis por el foro.

A los treinta y dos años, Lucia Berlin tenía en su haber tres matrimonios deshechos, cuatro hijos a su cargo y un alcoholismo con el que lucharía toda la vida? Eso sin contar con problemas de salud graves y crónicos: doble escoliosis, que la había obligado a llevar un corsé ortopédico durante años, problemas respiratorios? Lo que no tenía era una profesión, ni ingresos regulares. De modo que tuvo que ponerse a trabajar en lo que pudo: recepcionista en la consulta de un ginecólogo, ayudante de enfermería en la sala de urgencias de un hospital, e incluso mujer de la limpieza (aunque le costaba encontrar empleo porque las señoras, explica, desconfían de las candidatas ?instruidas?). Todo ello y más (su paso por centros de desintoxicación, sus frecuentes visitas a México, donde vivía su hermana?) lo refleja en sus relatos, cuyo valor radica en esa amplia gama de experiencias, muchas de ellas raramente abordadas en literatura ?pocas escritoras o escritores han trabajado atendiendo a enfermos terminales o limpiando casas?, pero sobre todo en la voz de la autora. Una voz, como señala Lydia Davis en su prólogo, irresistiblemente cálida, cercana, hecha de espíritu de observación, empatía, alegría de vivir, humor: ?No me importa contarle a la gente cosas terribles si puedo hacerlas divertidas?, apunta ella misma. Sus modelos eran Chéjov, por la humanidad, Katherine Mansfield, por la capacidad de encontrar belleza hasta en lo más vulgar, Paul Bowles, por su agudeza en percibir y entender las diferencias culturales?

Hacia el final de su vida, Berlin obtuvo cierto reconocimiento como escritora. La Universidad de Colorado la invitó a dar clases de creación literaria en Boulder. No fue una gran solución económica (vivía en una caravana), pero le dio la oportunidad de añadir una pieza más, muy distinta a las otras, al puzle de sus experiencias vitales: ?Este debe ser el pueblo más sano de todo el país. En las fiestas universitarias o en los partidos de fútbol no se bebe. Nadie fuma, ni come carne roja o dónuts bañados de azúcar. Puedes ir solo por la calle de noche, salir de casa sin cerrar las puertas con llave. Aquí no hay bandas y no hay racismo. Tampoco hay muchas razas, de hecho? (

Lucia Berlin se trasladó, finalmente, a un garaje acondicionado como vivienda junta a la casa de su hijo, en Los Ángeles. Murió el día en que cumplía 68 años. Con un libro en la mano, y sin sospechar que la edición póstuma de su obra iba a traerle, por fin, la consagración que merece.

Vía La Vanguardia

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