Categoría: Literatura argentina

VANOLI: “LA LITERATURA TIENE QUE METERSE CON EL PROBLEMA DEL CONSUMO”

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“Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso”, afirma Hernán Vanoli, quien recientemente acaba de publicar Pyiongyang (Literatura Random House, 2017). Con un tono fantástico, que roza el presente distópico, el autor propone interrogar la esfera de los consumos actuales y afirma que la “la literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix”.

Reproducimos una nota de La primera Piedra a nuestro escritor Hernán Vanoli

Sobre el autor:

Hernán Vanoli nació en Buenos Aires en 1980. Es uno de los editores de la revista Crisis, donde escribe sobre consumo, literatura e historia cultural, y del pequeño sello Momofuku. Trabaja como guionista e investigador. Publicó relatos en diversas antologías nacionales y extranjeras, una nouvelle pulp, ensayos, un libro de cuentos y las novelas Pinamar y Cataratas (Literatura Random House, 2015).

La distopía llegó, hace rato

Con cuatro cuentos que proponen una interrogación acerca de las formas en las que los humanos interactúan entre sí y con la tecnología, Pyongyang (Literatura Random House, 2017) trae de vuelta a escena a Hernán Vanoli con su tono particular dentro de la literatura argentina. Haciendo uso de distintos registros y recursos, el autor seduce al lector para entrar de lleno en historias donde lo fantástico y lo normal interactúan frecuentemente.

En esa dirección, el uso de referencias culturales y marcas de consumo son algo que caracterizan la obra de Vanoli y que en Pyongyang se puede ver nuevamente, donde sin saturar esa estrategia, las formas de pensar y de sentir de los personajes muchas veces se ven puestas en juego a partir de los distintos consumos que el capitalismo actual y la tecnología le proponen  aun habitante de una gran ciudad, como lo es Buenos Aires.

— ¿Cómo surgieron los cuentos que componen Pyongyang? ¿Fueron en simultáneo o fue un trabajo tuyo posterior juntarlos?
 Es un libro que yo fue escribiendo muy a lo largo del tiempo, osea tenía unos cuantos cuentos que iba a escribiendo de a poco. Llegó un momento en el que me daban ganas de mostrarlos y ahí fue que armé el libro, trabajándolo en conjunto con la editora de Random, Ana Pérez. Suele pasarme que al escribir de a poco los cuentos se van formando diferentes libros, con ejes distintos. La selección es un trabajo muy lindo para mí.

 

— ¿Qué hilo conductor ves como el principal entre estos cuatro cuentos?
— 
Los uní porque me parecía que había un clima compartido. Por un lado había una pregunta acerca de la sociabilidad y los sentimientos, con las transformaciones que se dan de manera cotidiana con la tecnología. Después, por otro lado, me parecía que a pesar de ese componente que los unía, las perspectivas de narración eran bastante diferente entre sí. Eso generaba un conjunto que a mí me cerraba, más con aquello fantástico que los recorre, un poco permeable con el género de ciencia ficción.

La expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa

— En relación con eso que decías, sobre los elementos de ciencia ficción que hay en el libro, también hay algunos elementos realistas en el libro, como una especie de presente distópico. ¿Fue tu intención esa?
 A mí me interesaba extrapolar elementos que me llamaban la atención a terrenos y geografías muy cercanos y palpables. Los cuentos suceden en Buenos Aires, hay recorridos urbanos y están vinculados a experiencias contemporáneas. A mí me sirve siempre siempre pensar las cosas geográficamente e incluso el cuento que le da título al libro, “Pyongayang”tiene esos elementos. El libro se podría haber llamado “Buenos Aires” tranquilamente, por ejemplo, sin embargo Pyongyang también me sirvió para hablar de los estados de la mente: ¿qué nos pasa cuando recorremos la ciudad?

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— Al ubicar las historias en un lugar, que haya ciertas referencias culturales y políticas que al menos un porteño las puede reconocer fácilmente, ¿cómo manejás eso como escritor? Teniendo en cuenta el miedo que puede generar que un libro de literatura sea demasiado “actual”.
 La cuestión de la universalidad es una preocupación que el escritor tiene siempre en la cabeza. Me parece que en el libro hay un intento de anclarlo, pero no demasiado, trabajar esa distancias. Hay una idea de salir del costumbrismo, si bien las referencias podían ser identificables, al mismo tiempo podían funcionar para aquellos que no las conocían.

La experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas

— Siendo un escritor argentino, y por ende sudamericano, ¿cómo escribir desde lo local con ese temor a que no se entienda o no interese? Más si se piensa que la literatura europea o estadounidense no toma esos recaudos.
 Ese es todo un tema, a mí como lector me encanta leer cosas donde aprendo del lugar donde ocurren las cosas sin que me las expliquen. Los escritores sudamericanos podemos hacer lo mismo. Eso trae, por cuestiones de poder y geopolítica algunos inconvenientes, porque la expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa, creo que podemos repensar un poco la categoría de lo local y lo urbano.

— ¿En qué sentido repensarlas?
 Acá estamos en Buenos Aires, que tiene usos de la lengua muy específicas que son históricas, pero después al mismo tiempo, la experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas y no sobreexponer esa “marca local”.

 En entrevistas anteriores señalaste que tu relación con la literatura argentina era como la que se tiene una familia: con los cariños y distancias que eso implica. ¿Cómo sería eso?
 Para mí la materia básica de la literatura es la imaginación, que está dispersa en el lenguaje, en las experiencias, en la forma en la que contamos las cosas. A mí me interesa trabajar con eso, es lo más desafiante en cierto punto. Hay una tradición realista que es muy fuerte y muy buena, pero también me gusta la que hace una interrogación a la imaginación política que tienen las sociedades en un momento determinado. Por ejemplo, yo rescato mucho la figura de Julio Cortázar, que está puesto muchas veces en un lugar de escritor adolescente o setentistas, pero eso tiene que ver en cómo fue apropiado. Él tenía una manera de interrogar la realidad cotidiana y a mí también me interesa esa corriente, correrse un poco de lo anecdótico.

De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas.

— ¿Y qué escritores contemporáneos ves que van en esa dirección? Se me ocurre el ejemplo de Mariana Enríquez, que explota mucho lo fantástico.
 El ejemplo que das vos es muy bueno: Mariana Enríquez tiene un gran trabajo con los géneros. A mí me sorprendió y me impactó Todo lo que perdimos en el fuego, que tiene una variedad de registros muy importante y abría la puerta a esa dimensión sórdida que tiene esa realidad. Luciano Lamberti me parece otros escritor que trabaja muy bien con esos bordes. Hay dos tendencias muy fuertes en la literatura argentina actual: una son las escritoras mujeres, que tienen mucha fuerza. La otra es la ciencia ficción, que se abrió la puerta para escribir sobre el tema.

— Recién hiciste referencia a la fuerte presencia que hay de escritoras mujeres. ¿Se dejó de pensar acerca de “la mirada femenina” cada vez que hay un libro de una autora?
 Lo que me parece que tiene este momento en particular, que es algo que no se daba tan a menudo por un montón de trabas sociales que todos conocemos, es que hay muchas escritoras que escriben muy bien. Además del caso de Mariana, también está Selva Almada, Samanta Schweblin y no puedo dejar de nombrar a Lola (NdE: Lola Copacabana, escritora, editora y traductora, pareja de Vanoli) que fue seleccionada para el Hay Festival en Bogotá. En general, ellas mismas producen que no se las lea como la mirada femenina, sino con una calidad muy potente.

 


 

— Volviendo un poco a Pyongyang, y también a lo largo de tu obra, en tus escritos siempre hay referencias a marcas. ¿Cómo trabajás eso? Pienso en el ejemplo de Fogwill.
 Yo trabajo y trabajé en lo que es el mundo de la investigación de mercado. Para mí una de las principales esferas de la actividad humana donde la literatura debe meterse es en la esfera de consumo. Todo nuestro lenguaje está infectado por eso y hay una industria poderosísima como la de la mercadotecnia, que influye en nuestra experiencia urbana. A mí me parece que todo lo que es lo relacionado a las marcas en la literatura aparece demasiado poco. Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

Hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

— ¿Cómo sería hacerse cargo de eso?
 Tiene que pensar su rol en relación con el consumo y con la identificación que proponen las marcas. Ahora la publicidad está proponiendo formas de operar en la ciudad, de llevarse con el otro, de entender el cuerpo. De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas. La literatura tiene que ser una máquina de combate y meterse con estos problemas, no en un rol de denuncia, pero sí para interrogarlos de manera ética, estética y políticamente.

— ¿Y cómo evitar que la literatura sea pensada como un consumo acrítico más?
 La literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix. Con que complejice las cosas, me deje pensando y después dude dos veces antes de hacer un acto que yo tenía naturalizado, alcanza para mí. Con esto no estoy criticando las series de Netflix, porque hay cosas que están buenísimas y Pyongyang se nutre un poco de eso, como por ejemplo Black Mirror.

 

— A la hora de escribir, ¿tenés algún mecanismo o rutina?
 Tomo muchas notas, sin llegar a ser diarios, que es algo que me gustaría hacer, pero soy muy anárquico: tomo notas de voz, tengo infinidad de libretas con cosas que se me ocurren. Después, necesito saber que tengo tiempo por delante para poder arrancar una historia, en eso tengo un cierto grado de neurosis muy importante. Una vez que siento que la historia está encaminada, no necesito nada.

Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido

— Un poco ya hablamos antes, ¿qué panorama tenés de la literatura argentina?
 Mi panorama es que hay mucha diversidad, un montón de cosas que sorprenden, una gran cantidad de editoriales. Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido. Me parece que las generaciones nuevas de escritores son muy interesantes, que ese escribe con mucha libertad y el peso de la tradición es cada vez menor,lo cual tiene un costado que está bueno. También hay pocas instancias de críticas relacionadas a los libros.

— Por último, para alguien que quiere empezar a escribir, ¿qué consejo le darías?
— Las cosas básicas que uno puede decir es que se lea todo lo posible, de materiales diversos: leer ensayos y poesía es muy importante. Conversar con gente que también está escribiendo es clave, lo mismo aproximarse a otras disciplinas artísticas. Y algo fundamental es la honestidad: no escribir como una especie de ganar algo o posicionarse, sino hacerlo con una reflexión muy fuerte acerca de lo que uno hace y que, como dijo Daniel Durand en un poema, la vida tiene que parecerse a lo que uno escribe. Por eso la idea de vivir de la literatura es un poco ridícula no solo en un plano material, sino porque aislarse en la escritura puede ser contraproducente. Yo desconfío un poco del escritor que en un momento de su vida se dedica solo a escribir: uno tiene que chocarse con el mundo, tiene que escuchar, aprender, cambiar su mentalidad.

 

Fuente: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2017/07/entrevista-hernan-vanoli-la-literatura-meterse-problema-del-consumo/

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Leonardo Oyola: “El narrador de ficción nunca debe juzgar”

A diez años de su primera edición, el escritor matancero lanzó la primera edición nacional de “Chamamé”, su novela policial que ya es un éxito en librerías.

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Aunque su corazón siga latiendo en La Matanza, la repercusión de su vuelta a las librerías le impide abandonar la urbe porteña. Al borde de caer en el lugar común de un guión, el encuentro es en El Coleccionista, un bar notable de Caballito, con vista a la feria de libros de Parque Rivadavia, donde toman café señores entrados en canas y suena un tango como ring tone de algún celular. Allí, Leonardo Oyola recibió a El1 para charlar sobre la primera edición nacional de Chamamé, la novela que, diez años después de su presentación, es un éxito entre los lectores. “Publicarla acá era un asignatura pendiente porque, con todo lo que ocurrió con la peli y con la serie Nafta Súper, muchos fueron a buscar mis libros anteriores y Chamamé era el más deseado, por la historia y porque no se conseguía. Hubo quienes lo mandaban a traer de España y salía carísimo”, reconoce Oyola y remarca que, así como en la historia del “Pini” y su banda de súper héroes del Conurbano, “el lector va a encontrar referencias a La Matanza, con un dejavú de bailes, calles y elementos locales”.

A la hora de analizar la temática y los personajes que suele abordar, el autor asegura que el narrador de ficción nunca debe juzgar a los personajes, ni hacer “bajada de línea” y subraya: “Lo que más me interesa, aún haciendo género y bordeando los estereotipos de forma consciente, tanto de las situaciones como de los protagonistas, es poder humanizarlos, tener una vivencia de ellos”.

“Lo principal es escribir un libro sin pensar qué te va a dar”, considera Oyola.

Con las raíces claras
Cuando Oyola analiza su carrera, está convencido de que fue casual “hacer sido el primero de los autores matanceros al que le dieron un poco más importancia”. “Me parece que uno no se tiene que olvidar de los orígenes y de dónde viene. Todo lo que soy ahora está solventado en laburo y, por eso, si bien yo sé que vivo y necesito de la editorial grande, también trato de dar una mano a las independientes que apuestan a uno”, explica el escritor nacido y criado en Isidro Casanova, hincha de Almirante Brown.

“Lo principal es escribir el libro sin pensar que te va a dar. Volverme a encontrar con el texto de Chamamé, diez años después, me hizo muy feliz porque me di cuenta de todo lo que trabajé y que no me apuré, ya que no le cambiaría nada”, reflexiona y agrega: “Lo que quiero es seguir así, en paz y en cero con las cuentas, aunque llegue justito a fin de mes (risas). Hasta ahora, me funciona ir caminando peldaño a peldaño”.

Antología de colección
Nunca corrí, siempre cobré, editado por Evaristo Cultural, es un compilado de columnas, relatos y anécdotas que Oyola publicó en diarios nacionales, de España y Uruguay. “Esos textos más autobiográficos se los dí a unos ex alumnos que tienen una editorial independiente para que aprovechemos la repercusión que había tenido Kryptonita y ellos le dieron un orden cronológico, que yo no había pensado cuando fui escribiendo”, explica el autor y detalla: “El libro empieza con un relato de iniciación y termina con un texto inédito que escribí al mes de la muerte de mi maestro Alberto Laiseca, fallecido en diciembre del 2016. Yo estaba paralizado por el dolor, hasta que una noche soñé con él y le escribí”.

Una historia de amistad y traición
Chamamé fue editado en 2007 en España, donde ganó el Premio Dashiell Hammett al Mejor policial en la Semana Negra de Gijón. Cuenta la historia de El Perro y El Pastor, dos criminales que se batirán a duelo por un ajuste de cuentas. Oyola detalla: “Son piratas del asfalto que eran como hermanos y, al estar privados de su libertad, se convirten al evangelismo. El Pastor le “mejicanea” un botín para construir una iglesia en Brasil o en Paraguay y El Perro, que es el narrador de la novela, lo persigue para agarrarlo antes de que llegue a la Triple frontera”.

Cuenta pendiente
El escritor matancero reconoce que todavía le queda pendiente terminar Ultratumba, una novela que viene escribiendo hace años. “Como por suerte le está yendo muy bien a Chamamé, ahora estoy girando por el interior y en agosto espero poder retomar para terminarla, ya que quiero que salga el año que viene, estoy cerrándola”. “Transcurre en una unidad penitenciaria femenina, es bastante oscura y, con todo lo que pasó con Kryptonita, que fue un mundo muy alegre, me costó adentrarme en momentos de mayor introspección”, concluyó.

 

Fuente El digital: http://www.el1digital.com.ar/articulo/view/66666/leonardo-oyola-el-narrador-de-ficcion-nunca-debe-juzgar

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Inés Garland: “La idea del amor romántico que tenemos no debería ser la única posible”

¿Se puede entablar una relación amorosa que no implique los lazos tradicionales? La autora de “La arquitectura del océano” habla de su nueva novela, “Una vida más verdadera” (Alfaguara), que gira alrededor del misterio que se provoca cuando dos personas se encuentran.

Reproducimos una nota de Patricio Zunini sobre el ultimo libro de Inés Garland, Una vida más verdadera.

garland_inesInés Garland es escritora, traductora (de Lydia Davis, Sharon Olds) y periodista. Colabora con distintos medios gráficos y enseña escritura creativa en la Argentina y Chile. Escribió libros para jóvenes como Piedra, papel o tijera (Santillana, 2009) -que recibió el galardón de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina) y que coronó a su autora como la primera hispanoparlante merecedora del Deutscher Jugendliteraturpreis, uno de los premios más importantes del mundo editorial en Europa-; El jefe de la manada (2014) y Los ojos de la noche (2016). En Alfaguara publicó la novela El rey de los centauros (2006) y los libros de cuentos Una reina perfecta (2008) -premiado por el Fondo Nacional de las Artes- y La arquitectura del océano (2014). Una vida más verdadera es su nueva obra.

La nueva novela de Inés Garland (Una reina perfecta, El rey de los centauros) es Una vida más verdadera (Ed. Alfaguara). Esta novela sigue el camino de los cuentos de su libro anterior, La arquitectura del océano, que tenían de núcleo el amor como problema. Aquí vivimos la relación entre una mujer —de la que no sabemos su nombre— y un hombre —de quien apenas sabemos que es casado y se llama P.— y de las tensiones de esta pareja de amantes, que no quiere caer en las etiquetas habituales.

Una vida más verdadera habla también de la necesidad de encontrar una relación nueva, más ajustada para ellos y, por lo tanto, “más verdadera”. Esa búsqueda es la que marca el rumbo pero, sin embargo, aparece siempre velada. Garland carga la novela de silencios y, por momentos, convierte a la hoja en una pantalla de WhatsApp —con todos los malentendidos que eso implica.

¿Cuánto podemos saber —es decir: poseer— del otro? ¿Cómo se puede saltar las imposiciones tradicionales de una relación? Con ella hablamos de estos temas y, por supuesto, de la idea del amor que se propone en la novela:

—A raíz de este libro —dice—, de La arquitectura del océano y también de “La zorra ilusa”, que es una obra que se está dando ahora, me di cuenta de que a medida de que voy escribiendo va cambiando mi idea del amor. Yo me pregunto escribiendo y voy cambiando la respuesta. No tengo la menor idea de qué es el amor. Pasé de algo de mucha idealización y exigencia sobre el otro y sobre mí misma, a una mayor tolerancia, a mayor ternura, a pedir menos. A la vez, el sueño de amor romántico de Hollywood —que nos engañó— sigue siendo algo muy difícil de contrarrestar.

¿Esos cambios sobre el amor están asociados a cambios en tu vida? Me refiero a parejas, hijos.

—El amor cambia según con quién te estés relacionando. Yo estuve muchos años sola y la soledad también te va cambiando. Por ejemplo, después de muchos años de matrimonio había cosas que le echaba la culpa, por decir entre comillas, a mi ex marido y cuando estuve sola me di cuenta de que había voces que le atribuía a él y que era internas. Era yo la que me hablaba o me trataba de ese modo. Cuando pude cambiar la forma en que yo me miraba a mí misma el afuera cambió en su mirada sobre mí. Después, hay otro universo dentro del amor, que es el misterio enorme de estar con alguien y la alquimia que se produce con esa persona y qué saca de vos y qué saca de vos el otro.

Una apasionada relación adúltera entre dos ex compañeros del colegio.
Una apasionada relación adúltera entre dos ex compañeros del colegio.

Recién decías que te hacés preguntas mientras escribís. En este libro esas preguntas aparecen explícitamente, y son interrogantes muy potentes porque no tienen repuesta.

—Es que esas preguntas no tienen respuesta. Pero es la búsqueda de más preguntas lo que me lleva para adelante. No me gustaría que las preguntas y las respuestas fueran siempre las mismas. Creo que eso sería estar estancado.

Una vida más verdadera también está llena de silencios. Poco sabemos de los personajes más allá de los breves momentos en que se encuentran.

—Tienen que ver con la vida alrededor de esos encuentros mínimos, que es también la forma en que veo las relaciones. A veces queremos cambiar las cosas y que la relación sea todo y la vida alrededor sea lo mínimo. A esos silencios los sostuve con mucha firmeza, quería que estuviera ese espacio alrededor para que fuera rellenado por el lector de la forma que quisiera; por eso se sabe tan poco. Los encuentros viven el paso del enamoramiento, del encuentro profundo con el otro a que lentamente se empiece a meter todo lo de alrededor y genere las situaciones en donde uno se pregunta si no se puede inventar otra cosa. Una de las cosas que más me interesaba cuando escribí la novela era esa pregunta: ¿No se puede inventar otra forma que de estar con una persona? Siempre me interesó pensar otra forma de estar con alguien. ¿Qué pasa entre dos personas para que se junten? ¿Qué pasa para que se separen? Son preguntas que ni siquiera nos las cuestionamos, vamos con los formatos que nos trajeron. La idea del amor romántico que tenemos no debería ser la única posible.

Sin adelantar absolutamente nada de la novela, ¿esta búsqueda de una nueva relación tiene que ver con la forma “tradicional” de las relaciones? Cuando uno comienza a leer siente que se cuenta la historia de un fracaso.

—Tal vez porque la relación sea tan idealizada. La protagonista busca algo que no sé si se consigue, por lo menos no en forma permanente. Como si fuera una búsqueda casi mística del otro, una fusión, una exageración, una necesidad de entrega absoluta. No lo sé; me estoy haciendo preguntas.

Como en la novela.

—Avanzo con interrogantes en la vida. A partir de cierta edad empecé a hacerme cada vez más preguntas.

La novela es muy explícita en cuanto a relaciones sexuales. Allí hablás de “hacer el amor” y, sin embargo, los encuentros son voraces.

—Está bueno lo de la voracidad, porque tiene que ver con lo que hablábamos hace un rato sobre la fusión: eso de comerse al otro. Digo “hacer el amor” tal vez porque para mí el amor y la fusión se amalgaman en algún punto. Por eso escribir es tan expuesto, alguien te lee y te saca la ficha. El amor y la voracidad y la fusión armen algo que no tiene los bordes muy claros.

¿Cómo se narra el sexo?

—Es difícil, ¿no? Es uno de los temas que me interesa mucho narrar, porque siempre pongo el cuerpo cuando escribo. Hay algo, creo, que hace a la buena literatura: decir, pero dejar mucho espacio para que el lector pueda rellenar e imaginar. En cosas como el sexo necesitás ser lo suficientemente claro para dejar una imagen, pero a la vez tenés que tener la sutileza de no ser demasiado explícito para que el lector pueda completar con su propia fantasía. Hay que dejar que dejar lugar, porque somos iguales pero muy diferentes.

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Claudia Piñeiro: La imaginación al poder

¿Qué es la nueva política y cómo se manifiesta? ¿Es ajena a las ideologías, es sólo marketing y tiranía de las encuestas? ¿Puro pragmatismo sin límites? Con personajes humanos sometidos a fuertes tensiones y arrojados al circo mediático, Claudia Piñeiro construye en Las maldiciones una novela que ancla en la actualidad y también se remonta a las últimas décadas de democracia en la Argentina.

Así inicia una nota que Debora mundani escribió para el Radar de Pagina 12, sobre el ultimo libro de Claudia Piñeiro, Las Maldiciones.

 

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“No hay nada más verdadero que la ficción. Una novela es verdad porque yo te digo que es una novela y la leés sabiendo que es una ficción pero ¿cuánto de verdad hay en el discurso político?” plantea Claudia Piñeiro. Ante esta incertidumbre, Pascal nos ofrece una imagen: un hombre con las manos atadas y la boca enmudecida, apenas como puede dice, “estoy hecho de tal manera, que no puedo creer. ¿Qué quieres qué haga?”, y una voz le responde: “aprende de quienes han estado atados como ustedes y que ahora ponen en juego todo lo que tienen. Sigue la manera como han comenzado; haciéndolo todo como si creyeran”.En otras palabras, Pascal propone: actúa como si creyeras y la creencia llegará sola. No hay nada que perder.

Así como la modernidad de la mano de la razón instrumental trajo aparejado un proceso de secularización y desencanto, de un tiempo a esta parte, la industria cultural se ocupó de reencantar el mundo y como resultado de este proceso, las fronteras de la fe se expandieron. Si la creencia sostiene la fantasía que regula la realidad social, tal como lo plantea Zizek, ¿qué fantasía nos ofrece la nueva política? Esta pregunta recorre Las maldiciones, la última novela de Claudia Piñeiro, cuya nota aclaratoria además de la tan mentada frase “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”, señala que “ni el escritor más talentoso podría superar la imaginación de algunos asesores de imagen y jefes de campaña”. ¿Nota aclaratoria o contrato de lectura?

 

Después de haber incursionado en el mundo privado de los countries con Las viudas de los jueves, el boom inmobiliario en la Ciudad de Buenos Aires con Las grietas de Jara y el funcionamiento de ciertas empresas periodísticas en Betibú, Piñeiro nos ofrece una vez más una novela que va de lo individual a lo colectivo y de lo público a lo íntimo. Novela coral, Las maldiciones cuenta la relación entre Fernando Rovira, un empresario del sector inmobiliario devenido líder de PRAGMA, un partido vecinal sin historia ni estructura partidaria con aspiraciones a representar a todo el país, y Román Sabaté, su secretario “más privado”, integrante privilegiado del GAP: Grupo de Amigos Personales, quien decide huir luego de haber descubierto algo que traspasa los límites de la relación. Contada desde un presente narrativo, como si de una road movie se tratara, mientras Fernando Rovira lo persigue, los protagonistas de los hechos dan su versión como así también lo hacen quienes se ven involucrados en la historia no tan secundariamente: la madre de Rovira, bruja y sanadora; el tío de Román, Adolfo, radical alfonsinista convencido de que “la política es otro mundo ahora”; Sebastián Petit, integrante del partido y amigo de Román con quien comparte una pieza de pensión; y la China Sureda, movilera de uno de los canales de noticias principales que investiga la maldición que carga sobre los gobernadores de la provincia de Buenos Aires.

¿Qué fantasía nos ofrece la nueva política? Un mundo donde nada escapa a la lógica del marketing y la rentabilidad: si para ganar una elección es necesario romper una o varias maldiciones, habrá que hacerlo. Todo vale con tal de conseguir los votos que aseguren el triunfo. ¿Todo vale? A esa pregunta debe enfrentarse Román Sabaté pero mientras él se debate en esa duda Rovira avanza hacia su objetivo, así sea imprescindible partir en dos la provincia de Buenos Aires. Nada mejor que un slogan para esconder una creencia. Ante el hecho irracional de la maldición: ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires será elegido presidente por voto popular, el slogan permite disimular la ausencia de un discurso argumentativo. Sylvestre, el asesor de Rovira, lo sabe muy bien y no se cansa de decirlo las veces que haga falta: “la gente no necesita tantas explicaciones, solo convicción”. Por eso ha creado un slogan a la medida del éxito: “Vamos por dos Buenos Aires sustentables, para dejar atrás una Buenos Aires imposible”.

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Lejos de ser un estado íntimo, puramente mental, la creencia encarna en las prácticas. La realidad social es en última instancia una construcción ética: actuamos “como si”. Como si creyéramos. ¿Pero acaso es posible hoy desconocer que detrás del discurso marketinero del bien común que sostiene la nueva política, se esconde el bienestar de unos pocos? Una de las formas que asumen los discursos sociales frente a los sentidos dominantes es la del rechazo, un tipo particular de rechazo al que Sloterdijk señala como cinismo: un rechazo popular de la cultura oficial por medio de la ironía y el sarcasmo. Este procedimiento consiste en enfrentar “las patéticas frases de la ideología oficial dominante con la trivialidad cotidiana y exponerlas al ridículo, poniendo así de manifiesto, tras la sublime noblesse de las frases ideológicas, los intereses ególatras, la violencia, las brutales pretensiones de poder”, recurso presente en más de una de las novelas de Piñeiro que permite entablar complicidad con el lector. “Yo no puedo creer que le hayan puesto el mismo nombre-le dice Adolfo, el radical alfonsinista, a su sobrino refiriéndose al GAP, el grupo de apoyo y seguridad personal de Salvador Allende- si no tienen nada que ver estos tipos con políticos como Allende. No creo tío- le responde el sobrino que no tiene idea de quién fue Salvador Allende ni de la existencia de su grupo de seguridad- si se lo pusieron debe ser por el buzo”. Guiño al lector, llamado a la industria cultural: las marcas hablan por nosotros mientras borran las huellas de otros signos. “GAP, buzos, remeras”, le aclara el sobrino ante la perplejidad del tío, quien se lamenta por el vacío ideológico en el que han caído los partidos políticos. ¿Vacío ideológico o giro político?

Todas las sociedades, desde la más pequeña hasta las más grandes, están atravesadas por relatos y la política se nutre de ellos. No solo se nutre de ellos, sino como dice uno de los personajes de la novela: quien tiene el poder puede cambiar el relato. Aunque puede salir mal, aclara también. Política, poder, discurso. Una relación indisoluble en la que los medios de comunicación tienen una importancia clave. Claudia Piñeiro logra captar y darle cuerpo al relato de la nueva política, un discurso sin significante, vacío de contenido, hecho de pura imagen y ausencia de ideas. La nueva política como una cuestión de fe. Y la fe no requiere de argumentos. Actúa como si creyeras y la creencia llegará sola. Pero cuando la fe se pone en duda tambalea todo y solo las explicaciones alcanzan.

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El libro argentino cruza el océano

Hoy comienza la Feria del Libro Argentino en Barcelona, en la pequeña y hermosa Librería Calders, en pleno corazón del barrio de Sant Antoni, allí desembarcan algunos libros y autores argentinos. La narrativa femenina tendrá un rol protagónico. Habrá charlas acerca de Mariana Enriquez, Marta Dillon, Paula Porroni, María Eva Pérez y Romina Paula, y presentaciones de los libros de Magalí Etchebarne, Cecilia Fanti y Majo Moirón. El cierre será el sábado 27 con un recital de poesía.

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La programación arrancará con “Editoras de aquí que publican a escritoras de allá”, en la que Valeria Bergalli (Minúscula) y Silvia Sesé (Anagrama) hablarán con la librera Isabel Sucunza sobre Mariana Enriquez y Paula Porroni, argentina que vive en Londres y es autora de la novela Buena alumna. En “Narrar el duelo”, Marieta Gargatagli conversará con el escritor y traductor Andrés Ehrenhaus sobre Aparecida, de Marta Dillon. En “La proximidad del relato”, Santiago Fillol dialogará con Isa Campo y Lupe Pérez García sobre Romina Paula, María Eva Pérez y Mariana Enriquez. En “Las autoras por sí mismas”, Magalí Etchebarne, Cecilia Fanti y Majo Moirón presentarán sus libros recién publicados: Los mejores días (Tenemos las Máquinas), La chica del milagro (Rosa Iceberg) y Lobo rojo (Blatt & Ríos) respectivamente. La única excepción a esta regla será la presentación de Una semana con la muerte del escritor y bandoneonista argentino Darío Polonara (Librooks), novela que obtuvo el premio Prumum Fictum 2017.

El escritor y traductor Andrés Ehrenhaus, exiliado de la dictadura cívico-militar que vive en Barcelona desde 1976, cuenta que la decisión de dedicar esta tercera semana a la nueva narrativa femenina la tomaron con los libreros de Calders, Isabel Sucunza y Abel Cutillas. “La Calders es una librería de autor, por decirlo así: se seleccionan cuidadosamente los libros que se exhiben y venden y, aunque el criterio es amplio, la opinión y el gusto de los libreros interviene de manera sensible en las recomendaciones y en la organización de eventos. Y se dio que últimamente la presencia de autoras argentinas en las mesas y en diversas presentaciones empezaba a ser importante. Así que sumamos uno más uno y dio tres: dedicamos esta edición a la producción y recepción de la nueva literatura femenina argentina, no con un ánimo reivindicativo sino más bien con la idea que guió desde el principio esta iniciativa, que es la de estar atentos a lo que va y viene entre ambas orillas y obrar como modesta caja de resonancia. Muy modesta, hay que recalcar, porque todo se hace a pulmón: sin financiación ni subvenciones ni ayudas, y gracias al esfuerzo de los que participan y ponen el hombro porque sí, porque les entusiasma la idea y la creen necesaria”, plantea Ehrenhaus a PáginaI12.

“Nos interesaba hacer especial hincapié en el aspecto de la recepción en España de la literatura femenina que se está produciendo ahora en la Argentina, y ver cómo y por qué editoriales que se mueven dentro del mainstream literario se habían fijado en autoras como Porroni o Enriquez, que tienen marcas tan descaradamente locales, más incluso que la narrativa escrita por hombres, que Anagrama, por ejemplo, viene publicando desde hace tiempo. No quiero aventurar hipótesis, que las tengo, e iniciar una polémica, sino constatar el hecho de que son varias las autoras jóvenes que están irrumpiendo, algunas con mucha fuerza, en el complejo panorama editorial español –explica Ehrenhaus–. En mi caso, además, leí hace poco los libros de ambas y, a pesar de la diferencia de estilos, registros y temas, me interesó la energía narrativa desplegada, mucho más suelta y librada de corsés intelectuales que la de los autores a los que estamos acostumbrados a este lado del charco”.

¿Qué importancia tiene narrar el duelo en Aparecida de Marta Dillon? “Este tema da para mucho”, reconoce el autor de Un obús cayendo despedaza (2014), Tratar a Fang Lo (2007) y La seriedad (2001), entre otros títulos. “El duelo en España aún no se ha narrado con la crudeza y la sinceridad necesarias porque las investigaciones mismas están paradas, y eso que la dimensión humana de los horrores de la posguerra es mucho mayor que los que cometieron las juntas militares argentinas. España es el segundo país del mundo en número de fosas comunes después de la Camboya de Pol Pot, y quizás el primero, en proporción, en fosas no exhumadas. El ejemplo argentino es, en este terreno, tremendamente botón, porque escracha la voluntad institucional española de no remover demasiado la memoria histórica. En Madrid y Barcelona hubo manifestaciones multitudinarias en contra del 2×1, cosa que tampoco es casual, porque muchos de los que las nutrimos vinimos a parar acá para escapar al genocidio y ahora somos doblemente sensibles –aclara el escritor y traductor–. El libro de Marta Dillon es muchas cosas más que el trabajo de un duelo y de ahí su importancia. Por ejemplo, funciona en el epicentro de una polémica acerca de cómo poner la memoria al servicio de lo que vendrá. La mirada de las nuevas generaciones rompe antiguos clichés políticos y culturales e impone otros nuevos, y obliga a un constante y bienvenido replanteo”.

Ehrenhaus cuenta que Magalí Etchebarne, Cecilia Fanti y Majo Moirón presentarán sus libros en Barcelona. Las tres publican en pequeñas editoriales: Tenemos las Máquinas, Rosa Iceberg y Blatt & Ríos. “Las pequeñas editoriales, acá y allá, se mueven por criterios propios, poco ligados a las políticas de consumo: supeditan el éxito a la calidad, la urgencia a la claridad. Además, comparten criterios de una manera más flexible y horizontal, sin la paranoica prepotencia de los grandes grupos. Creo que hoy en día existen dos tipos de editores: los que matan a la gallina de los huevos de oro a la primera de cambio y los que la alimentan para que ponga, con calma, huevos sanos y nutritivos. Editores, libreros, críticos, autores, lectores, todos somos responsables de la literatura que se hace”, subraya el escritor y traductor, y revela que aún no inauguraron la 3ª Semana y ya hay gente que les pregunta por la 4ª. “Quizás es muy prematuro para decirlo, pero tal vez por pura deformación profesional dediquemos la edición del año que viene a las traducciones y los traductores argentinos a uno y otro lado del Atlántico –anticipa Ehrenhaus–. Si retiráramos de las estanterías los libros españoles traducidos por argentinos, la merma sería notable; si retiráramos los libros traducidos, la merma sería enceguecedora. Ya es hora de que atendamos ese tema como se merece y le demos voz al que la presta”.

Fuente Pagina 12, escrito por Silvina Friera

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