Puerto Belgrano, otra mirada sobre la Guerra de Malvinas

La Guerra de Malvinas y el hundimiento del crucero General Belgrano como nunca se contaron, en la voz de un cirujano que estuvo a bordo. 

El 2 de abril es el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, y un mes después, el 2 de mayo, se cumplen 33 años del hundimiento del ARA General Belgrano.

Puerto BelgranoPuerto Belgrano, la novela, narra el  Atlántico Sur en 1982. La guerra de Malvinas crece como una tormenta en el horizonte. Mientras tanto, un cirujano argentino es comisionado para servir en el ARA General Belgrano. Será un viaje de aventura, tragedia y descubrimiento en el que su mundo interior se mezclará con un teatro de operaciones atravesado por fantasmas, amigos, enemigos y personajes tan ambiguos como heroicos. Novela de espías y de marina, ensayo sobre la historia bélica, tratado sobre la patria, narración a la vez realista y onírica, Puerto Belgrano revisa la guerra de Malvinas sin el arrebato sensiblero ni la urgencia de la denuncia, sino con la precisa distancia y el vívido compromiso que merecen las grandes pasiones.

Su autor Juan Terranova realizó recientemente un viaje a las Islas Malvinas y narra su experiencia: “Mientras subíamos al lugar donde estaban las posiciones de avanzada del Monte Longdon, hacia el sur, en el valle que llega a Moody Brook, los zapadores de Zimbawe que están desminando hicieron detonar dos minas. Entre el viento, el primer estampido llegó con sorpresa y nitidez, parecido al golpe que da una puerta cuando se cierra con fuerza. Después me hundí dos veces en la turba y se me empaparon los pies. Arriba, estuve en la Olla de Baldini, vi las piedras donde oficiales argentinos estaquearon a sus soldados, recorrí las posiciones del Regimiento 7, unos 250 soldados que pelearon contra 800 paracaidistas británicos. El Londong es un lugar triste pero vital. Y las historias que cuentan los veteranos se escuchan cuando hablan, pero también cuando callan”.

Esta novela le debe mucho a El hundimiento del Belgrano de Arthur Gavson y Desmond Rice, escrito al terminar el conflicto y publicado en español en 1984. Todos los elogios se quedan cortos a la hora de describir Hasta la última balsa. Testimonios de una operación de rescate de la Guerra de Malvinas de Daniel Cavalieri, editado en el 2011 por el Instituto de Publicaciones Navales. Hasta la última balsa me resultó imprescindible tanto en sus detalles técnicos como en su espíritu de reivindicación de un hecho muchas veces olvidado y desconocido. Por su parte, el breve testimonio de Alberto N. Deluchi Levene, Desde la balsa, entre la angustia y la esperanza, no solo me ayudó a entender la vida a bordo, el ataque, la evacuación y el rescate sino que también me inspiró a escribir. La historia del Belgrano y su tripulación está en estos libros que merecen ser leídos. También usé como obras de referencia La medicina en la Guerra de Malvinas de Enrique Mariano Ceballos y José Raúl.

Sobre el autor: Juan Terranova nació en Buenos Aires a fines de 1975. Es autor de las novelas El vampiro argentino, La piel y Los amigos soviéticos, entre otras. También publicó libros de ensayos, como Los gauchos irónicos y Sexo, nazismo y astrología. Actualmente coordina el área de investigación del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

También podes consultar algunas notas de la revista Paco para iluminar la historia del viaje y la cobertura de la investigación: https://revistapaco.com/

 

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“Las bailarinas no hablan”, el segundo libro de Florencia Werchowsky

Werchowsky construye la historia de vida de una bailarina clásica desde su ingreso al Colón, siendo apenas una niña, hasta que se integra al ballet más prestigioso de la Argentina.

Florencia se formó como bailarina clásica en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, hasta sus diecisiete años, cuando se hartó y colgó las puntas. A los veintiún años entró a trabajar en el diario Clarín. Allí paseó por varias redacciones: escribió en el suplemento Sí!, en Espectáculos, en la revista Viva, en el suplemento de economía iEco y fue editora en Clarin.com. También colaboró con Rolling Stone, dirigió la revista D’Mode, fue columnista en el programa La Bestia Pop en FM Metro, conducido por Gonzalo Bonadeo, y editora en la revista TXT, dirigida por Adolfo Castelo. Desde 2008 trabaja como creativa publicitaria. El telo de papá es su primera novela.

 

Acá reproducimos una nota que le realizaron en TELAM sobre su ultima novela.

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En su segundo libro, “Las bailarinas no hablan”, Florencia Werchowsky se pone en el cuerpo de una bailarina clásica del Teatro Colón para dar pulso a una trama cargada de experiencias sobre la pesada maquinaria de exigencia que sostiene una vida de sacrificio y sufrimiento, pero que, al mismo tiempo, es capaz de convertir a una danza tan solemne como formal en un acto casi mágico y de aparente libertad.

Entre que Werchowsky dejó el ballet y se metió con la escritura pasaron muchos años -su primer libro, “El telo de papá”, la publicó en 2013. Se formó en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón pero ya no es bailarina sino “ex”, como prefiere definir su paso por la profesión que dejó a los 17 años, y que ahora retoma como narradora.

Con “Las bailarinas no hablan” (Reservoir Books), Werchowsky construye la historia de vida de una bailarina clásica desde su ingreso al Colón, siendo apenas una niña, hasta sus 30 años cuando se integra al elenco estable del ballet más prestigioso de la Argentina. Como su autora, la narradora se llama Florencia pero, advertencia, una y otra no son la misma. Por lo pronto la protagonista, a diferencia de la escritora, nunca deja de bailar.

A medida que trascurre la trama de esta bailarina -la niña, la adolescente, la joven- y sus daños colaterales, se anida a su biografía un retrato (político podría decirse) del ambiente del ballet así como del Teatro Colón y sus conflictos sindicales y edilicios desencadenados durante el menemismo. “Una de mis intenciones era mostrar que el mundo de la bailarina es mucho más rico que el mundo cisne negro que se cuenta”, dice Werchowsky a Télam.

-Télam: En el texto parece haber muchas referencias autobiográficas: misma formación, mismo nombre, misma procedencia del Sur del país. ¿Hay un límite entre realidad y ficción?
-Florencia Werchowsky: No es mi vida, es una ficción, pero sí entra generacionalmente. Aunque no me lo proponga, entra en esta tendencia a construir “literaturas del yo”, que son un poco sintomáticas de la generación, en línea con el estilo o ritmo de vida. Hay un culto a la persona y al yo en general, como consecuencia del siglo XXI, del capitalismo, por decirlo de alguna manera. En mi caso, la diferencia es que esa literatura del yo está completamente blanqueada. Mi propuesta es tan transparente como confusa porque yo también sé que en la ambigüedad de hacer autoficción se esconden formas de enmascararse. Hay una impostación en el hecho de utilizar la propia vida para construir ficción.

11 bailarinas

-T: La novela está escrita al ritmo de breves capítulos que siguen la cronología biográfica de la protagonista. A medida que crece van cambiando sus percepciones sobre el arte que la habita. ¿Cómo fue la construcción de esa estructura?
-F.W.: El proceso de recopilación de las memorias es medio permanente. Hubo un plan de trabajo que es más mental y después una instancia de escritura y maquinación. Esa parte de maquinación es acaso la parte menos planificada del relato, que es cuando el recuerdo y la ficción empiezan a llevarse bien para construir algo. Y en esa zona de indefinición, los recuerdos son los recuerdos de esa época. La parte narrativa es mental, la cinestésica es más emocional, y es la que más trato de respetar, porque con el tiempo los recuerdos tienden a evitarse o a darles una forma adulta y en ese crecimiento crecen o se anquilosan. Yo pretendo conservarlos, que estén fresquitos pero no congelados.

-T: ¿Qué creés que le aportó a esta novela la distancia entre tu experiencia como bailarina y como narradora?
-F.W.: La bailarina no se expresa, no puede hablar en las clases ni en los ensayos. Todo eso se contiene hasta que un día sale y puede salir en forma de libro o de hernia de disco. Esta disciplina tiene esa parte oscura que saca lo peor de la gente y al mismo tiempo genera unas cosas maravillosas. Yo lo viví, lo conté y lo tengo mentalmente procesado. A diferencia de lo que me ocurrió a mi, la narradora del libro no dejó de bailar y no se liberó de eso que la oprime ni de esa institución que en vez de permitirle bailar pareciera impedírselo todo el tiempo. Por eso, la narradora muchas veces está enojada.

-T: Si el ballet es una forma de comunicarse pero de terceros, como coreógrafos y docentes (“es una disciplina exterior”, dice la protagonista), ¿cuál fue el cambio personal que viviste con la escritura?
-F.W.: De la formación tan rigurosa que tiene el ballet, tan agresiva y represora de la persona que se impone sobre el cuerpo y la voluntad, en ese paquete de martirios, para mí lo más doloroso era la represión creativa de la bailarina. Se supone que una actividad artística implica creatividad, pero no en el caso de estas bailarinas o la bailarina que a mí me toco vivir. Al ser tu cuerpo un instrumento de expresión ajena, no tiene la posibilidad de crear. Las bailarinas no hablan, hay una deliberada marca de mutismo en todo lo que hacen. Eso me molestaba mucho. Entre que dejé de bailar y me puse a escribir este libro pasaron muchos años, así que fue liberador, pero no como una gran explosión de energía. A mí no me ocurre la idea romántica del escritor que un día se emborracha y escribe emocionalmente poemas divinos. Para mí la escritura es un ejercicio mecánico y mental.

-T: ¿Y qué puntos en común encontrás entre ambos universos?
-F.W.: El rigor, la autoexigencia. En mi caso, escribir es una tarea de lo más mecánica. Si no te sentás todos los días, el libro no se escribe. Hay que tener método y rutina. Yo trato de escribir todos los días, aunque escriba una línea y al otro día la borre. En mi caso, solo metiéndole horas es la forma que tiene de ocurrir, que es un poco el modo del entrenamiento del ballet.

-T: Como muestra la novela, algo que parece ser una gran diferencia es que en el ballet destacan unos pocos, no muchos como puede suceder en la literatura…
– F.W.: Si, es muy diferente a los libros. ¿Qué es escribir bien? Hay cánones y reglas de mercado pero es arbitrario; hay gente que escribe bárbaro y nadie la lee pero no hay bailarines que bailen increíblemente bien y no estén en un ámbito de exposición. La bailarina baila en tanto se expone y en esa exposición quedan reveladas las diferencias. Con el escritor, la escena es más sinuosa y variopinta. El ballet clásico tiene una sola forma de hacerse, la literatura tiene miles.

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El negro corazón del crimen

Para homenajear al gigante escritor y periodista que fue Rodolfo Walsh, y para ejercer el difícil camino de la memoria histórica; Marcelo Figueras escribe “El negro corazón del crimen”.

Fabulosa novela ficcional sobre la escritura de un hecho real.

Una especie de muñeca rusa literaria, la historia dentro de la historia, donde además realidad y ficción se cruzan continuamente.

Narra la reconstrucción de los meses durante los cuales Rodolfo Walsh investiga y escribe su libro más emblemático, “Operación masacre”.

negro corazon

«Este está vivo, gritan, todavía respira. Y al instante, pac. La cara empieza a doler, como si me hubiera dado un jetazo contra una columna. Quiero pedir piedad pero no puedo, tengo la boca llena de sangre.»

 

Buenos Aires, 1956. Un crimen atroz empuja a un escritor de ficciones policiales a convertirse en detective. Esa decisión acaba con la vida que llevaba hasta entonces: lo vuelve fugitivo, lo entrega a los brazos de un romance prohibido, cuestiona todo lo que creía y lo pone cara a cara con la muerte. Por primera vez.

Las fronteras entre la ficción y la realidad se le desdibujan, como ocurre en este libro. Porque ese crimen terrible existió. Y el escritor-detective, también. En 1956 tenía veintinueve años y se hacía llamar Rodolfo J. Walsh.

En El negro corazón del crimen, Marcelo Figueras reconstruye esos meses de investigación durante los cuales se gesta el libro más emblemático de Walsh: Operación masacre. Pero también narra la transformación de ese joven en el Rodolfo Walsh que hoy conocemos: el escritor comprometido con su tiempo, con la política entendida como defensa del más débil y oprimido, y con el periodismo que cuenta lo que no todos quieren escuchar y saber.

 

figueras

Sobre el autor:

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) escribió las novelas El muchacho peronista (1992; Alfaguara, 2016), El espía del tiempo (Alfaguara, 2002), Kamchatka (Alfaguara, 2003), La batalla del calentamiento (Alfaguara, 2007), Aquarium (2009) y El rey de los espinos (Suma de Letras, 2014). Sus libros han sido traducidos a una veintena de idiomas, entre los que destacan el inglés, el francés, el alemán, el italiano, el holandés, el polaco, el hebreo y el ruso. Como periodista, entrevistó a Woody Allen, Paul McCartney, Arthur Miller, Madonna, Mick Jagger, Martin Scorsese y otras personalidades, además de cubrir la segunda intifada entre Israel y Palestina para la revista española Planeta Humano. Escribió junto con Marcelo Piñeyro los guiones de Plata quemada (Premio Goya a la mejor película de habla hispana, elegida por L.A. Times como uno de los diez mejores filmes del año) y Las viudas de los jueves. También es autor de los guiones de Kamchatka (mejor guión del Festival de La Habana, y película seleccionada para representar a la Argentina en los Oscar) y Rosario Tijeras.

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MÁS ACÁ

En “Las invitadas” de Silvina Ocampo, vemos todo a través de un espejo que deforma la realidad. La altera, la descoloca. La matriz que configura los relatos no es mimética, algo se interpone en nuestra visión y lo que se nos presenta es tan extraño como perturbador. Los recuerdos parecen sueños, los sueños; recuerdos. Los cuentos nos colocan de frente a una duda: ¿qué es más terrible? ¿el más allá o el más acá?

 

Lei Torres recomienda Las Invitadas

Por Leila Torres

 

Los niños lo supieron simultáneamente, como un viento que mueve las hojas de un árbol, todas a la vez en diversas formas. Lo supieron en el comedor, en la capilla, en los patios, mientras jugaban a la mancha. Seguramente vestían lo de siempre, estaban limpios. A pesar de sus parecidos, se sentían solos. Creían que lo que cada uno sabía, individualmente, no se sabría nunca: el ángel había llegado y les mostró sus caras. Luego se sintieron a gusto consigo mismos, escribieron cartas en papeles diversos, cartas de colores, largas y ambiguas. Eran felices, estaban compartiendo un secreto y con él, se alejaban del lado fastidioso de la vida. Incluso un día, en dibujo, la maestra les pidió que dibujaran cualquier objeto que sentían: “todos dibujaron, durante un tiempo alarmante, alas (…)”. Alas monótonas, iguales. Fueron regañados por dibujar siempre lo mismo “y por último, escribieron en el pizarrón: Sentimos las alas, señorita”. Y realmente lo sentían, tanto o más profundamente cuando al precipitarse en el abismo, volaron.
De los niños no se sabe nada más así como no tanto más sabemos sobre los personajes o acciones de muchos de los cuentos. Silvina nos cierra una puerta pero a través de su cerrojo, podemos abrir numerosas más. El narrador muestra a la vez que deja oculto y su receta nos seduce, nos embriaga lo justo y necesario para continuar con la lectura. Con el libro, dudamos de nuestra percepción y de los objetos ¿Las cámaras fotográficas no realizan una copia de la realidad? ¿No congelan un momento  y lo reproducen tal cual, volviéndolo eterno? No en “La revelación” donde una señora muy bonita visita al pequeño Valentín que sufre de una enfermedad terminal. Sus amigos, que lo acompañaban, no la veían: “reíamos, pero nuestra risa se confundía con el llanto: de  nuestros ojos salían lágrimas.”
La realidad es oblicua. Los objetos cobran vida y las personas se comportan como objetos. Un simple par de lentes puede manejar el destino de las personas. Néstor Medina era el dueño de “El almacén Negro” y fue velado, tras su muerte, frente al mismo. Lo que hicieron sus hijos a continuación al disputarse su fortuna, le hubiera ocasionado al señor Medina su segunda muerte. La mercadería en el almacén comenzó a pudrirse por lo que hicieron un remate en el que Roberto Spellman, compró unos lentes con el estuche, que le pertenecían a don Néstor Medina. Tres meses después, la buena suerte acompañó a la familia de Roberto Spellman y la familia Medina la perdió. ¿Qué harías vos para recuperarla?  “No parece posible que un par de lentes pueda provocar una tragedia; sin embargo, en este caso, la provocó”.
¿Qué harías si una cara pequeña apareciera en tu mano y te hablara? ¿Qué harías si te combatiera, alejándote de tus deseos? En “La cara en la palma”, la desventura del personaje es la nuestra. Sentimos lo siniestro de la malformación, la impotencia de la autodestrucción. El espejo en el que miramos con Silvina Ocampo, nos devuelve una figura deformada de la realidad y el canibalismo nos parece desagradable ¿Pero qué tan lejos estamos, más acá, en nuestra realidad, de comernos entre nosotros? Pareciera que el espejo tiene pliegues pero en lo defectuoso reside lo maravilloso porque plegar es reducir la visibilidad, disminuirla pero también “entrar en la profundidad de un mundo” (Adriana Mancini).

La mirada infantil presente en alguno de los cuentos, nos cautiva tanto como nos deja perplejos. Los niños carecen de sensatez, de cierta moralidad y hay hechos crueles que se muestran tergiversados. Nuestra mirada adulta colisiona con la infantil y los átomos de nuestro cuerpo vibran. Así sucede cuando los padres de Lucio viajan a Brasil, dejando a la niñera a cargo del cumpleaños. Cuando llega la fecha tan esperada, Lucio recibe siete invitadas: Livia, Alicia, Irma, Milona, Elvira, Ángela y Teresa que son presas de sus acciones. La criada, al finalizar el festejo, denuncia: “Las mujeres son peores que los varones. Es inútil.”

Silvina Ocampo, que durante muchos años estuvo eclipsada por el reconocimiento a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares – su esposo –  y Victoria Ocampo, su hermana, logra convertirse en amanecer y deslumbrarnos con muchas obras (Los días de la noche, Invenciones del recuerdo, La promesa, El dibujo del tiempo, Cornelia frente al espejo y su Autobiografía). La escritora como el sol, el mejor pintor de la naturaleza, dejó plasmadas perfectas sombras y huellas con textura y relieves, que nos invitan a nuestra intimidad, a la introspección siniestra de que nuestra realidad – la que está más acá – complementa lo terrible, lo extraño y lo fascinante.

Leila Torres

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1982, de Sergio Olguín

La historia de amor prohibido entre un joven de 19 años y su madrastra en el contexto de la guerra de Malvinas.

 

«¿Cuántas posibilidades hay en la vida de cruzarse con esa persona? Ellos habían tenido la suerte de encontrarse. Las circunstancias eran un detalle menor, una línea en la historia de su amor.»

Pedro tiene diecinueve años y, a diferencia de los hombres de su familia, no eligió la carrera militar sino la Facultad de Filosofía y Letras. Pero corre el año 1982, y su refugio en la lectura o en las canciones de Spinetta es sacudido por el desembarco de las tropas argentinas en Malvinas: su padre, el teniente coronel Augusto Vidal, se encuentra en el frente de batalla.

Aunque Buenos Aires esté lejos, la guerra lo enrarece todo. El compás de espera que viven en su casa lo aproxima a Fátima, su madrastra. Entre ellos surgirá un deseo desconocido e irrefrenable, un amor con la fuerza arrasadora de la libertad. Una pasión cargada de erotismo que tendrá consecuencias devastadoras.

Sergio Olguín ha escrito una novela que deja al desnudo los alcances insospechados del horror en tiempos de muerte y opresión. Una obra conmovedora que reúne los mejores atributos de su literatura: la gracia, la belleza, la oscuridad.

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