MÁS ACÁ

En “Las invitadas” de Silvina Ocampo, vemos todo a través de un espejo que deforma la realidad. La altera, la descoloca. La matriz que configura los relatos no es mimética, algo se interpone en nuestra visión y lo que se nos presenta es tan extraño como perturbador. Los recuerdos parecen sueños, los sueños; recuerdos. Los cuentos nos colocan de frente a una duda: ¿qué es más terrible? ¿el más allá o el más acá?

 

Lei Torres recomienda Las Invitadas

Por Leila Torres

 

Los niños lo supieron simultáneamente, como un viento que mueve las hojas de un árbol, todas a la vez en diversas formas. Lo supieron en el comedor, en la capilla, en los patios, mientras jugaban a la mancha. Seguramente vestían lo de siempre, estaban limpios. A pesar de sus parecidos, se sentían solos. Creían que lo que cada uno sabía, individualmente, no se sabría nunca: el ángel había llegado y les mostró sus caras. Luego se sintieron a gusto consigo mismos, escribieron cartas en papeles diversos, cartas de colores, largas y ambiguas. Eran felices, estaban compartiendo un secreto y con él, se alejaban del lado fastidioso de la vida. Incluso un día, en dibujo, la maestra les pidió que dibujaran cualquier objeto que sentían: “todos dibujaron, durante un tiempo alarmante, alas (…)”. Alas monótonas, iguales. Fueron regañados por dibujar siempre lo mismo “y por último, escribieron en el pizarrón: Sentimos las alas, señorita”. Y realmente lo sentían, tanto o más profundamente cuando al precipitarse en el abismo, volaron.
De los niños no se sabe nada más así como no tanto más sabemos sobre los personajes o acciones de muchos de los cuentos. Silvina nos cierra una puerta pero a través de su cerrojo, podemos abrir numerosas más. El narrador muestra a la vez que deja oculto y su receta nos seduce, nos embriaga lo justo y necesario para continuar con la lectura. Con el libro, dudamos de nuestra percepción y de los objetos ¿Las cámaras fotográficas no realizan una copia de la realidad? ¿No congelan un momento  y lo reproducen tal cual, volviéndolo eterno? No en “La revelación” donde una señora muy bonita visita al pequeño Valentín que sufre de una enfermedad terminal. Sus amigos, que lo acompañaban, no la veían: “reíamos, pero nuestra risa se confundía con el llanto: de  nuestros ojos salían lágrimas.”
La realidad es oblicua. Los objetos cobran vida y las personas se comportan como objetos. Un simple par de lentes puede manejar el destino de las personas. Néstor Medina era el dueño de “El almacén Negro” y fue velado, tras su muerte, frente al mismo. Lo que hicieron sus hijos a continuación al disputarse su fortuna, le hubiera ocasionado al señor Medina su segunda muerte. La mercadería en el almacén comenzó a pudrirse por lo que hicieron un remate en el que Roberto Spellman, compró unos lentes con el estuche, que le pertenecían a don Néstor Medina. Tres meses después, la buena suerte acompañó a la familia de Roberto Spellman y la familia Medina la perdió. ¿Qué harías vos para recuperarla?  “No parece posible que un par de lentes pueda provocar una tragedia; sin embargo, en este caso, la provocó”.
¿Qué harías si una cara pequeña apareciera en tu mano y te hablara? ¿Qué harías si te combatiera, alejándote de tus deseos? En “La cara en la palma”, la desventura del personaje es la nuestra. Sentimos lo siniestro de la malformación, la impotencia de la autodestrucción. El espejo en el que miramos con Silvina Ocampo, nos devuelve una figura deformada de la realidad y el canibalismo nos parece desagradable ¿Pero qué tan lejos estamos, más acá, en nuestra realidad, de comernos entre nosotros? Pareciera que el espejo tiene pliegues pero en lo defectuoso reside lo maravilloso porque plegar es reducir la visibilidad, disminuirla pero también “entrar en la profundidad de un mundo” (Adriana Mancini).

La mirada infantil presente en alguno de los cuentos, nos cautiva tanto como nos deja perplejos. Los niños carecen de sensatez, de cierta moralidad y hay hechos crueles que se muestran tergiversados. Nuestra mirada adulta colisiona con la infantil y los átomos de nuestro cuerpo vibran. Así sucede cuando los padres de Lucio viajan a Brasil, dejando a la niñera a cargo del cumpleaños. Cuando llega la fecha tan esperada, Lucio recibe siete invitadas: Livia, Alicia, Irma, Milona, Elvira, Ángela y Teresa que son presas de sus acciones. La criada, al finalizar el festejo, denuncia: “Las mujeres son peores que los varones. Es inútil.”

Silvina Ocampo, que durante muchos años estuvo eclipsada por el reconocimiento a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares – su esposo –  y Victoria Ocampo, su hermana, logra convertirse en amanecer y deslumbrarnos con muchas obras (Los días de la noche, Invenciones del recuerdo, La promesa, El dibujo del tiempo, Cornelia frente al espejo y su Autobiografía). La escritora como el sol, el mejor pintor de la naturaleza, dejó plasmadas perfectas sombras y huellas con textura y relieves, que nos invitan a nuestra intimidad, a la introspección siniestra de que nuestra realidad – la que está más acá – complementa lo terrible, lo extraño y lo fascinante.

Leila Torres

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1982, de Sergio Olguín

La historia de amor prohibido entre un joven de 19 años y su madrastra en el contexto de la guerra de Malvinas.

 

«¿Cuántas posibilidades hay en la vida de cruzarse con esa persona? Ellos habían tenido la suerte de encontrarse. Las circunstancias eran un detalle menor, una línea en la historia de su amor.»

Pedro tiene diecinueve años y, a diferencia de los hombres de su familia, no eligió la carrera militar sino la Facultad de Filosofía y Letras. Pero corre el año 1982, y su refugio en la lectura o en las canciones de Spinetta es sacudido por el desembarco de las tropas argentinas en Malvinas: su padre, el teniente coronel Augusto Vidal, se encuentra en el frente de batalla.

Aunque Buenos Aires esté lejos, la guerra lo enrarece todo. El compás de espera que viven en su casa lo aproxima a Fátima, su madrastra. Entre ellos surgirá un deseo desconocido e irrefrenable, un amor con la fuerza arrasadora de la libertad. Una pasión cargada de erotismo que tendrá consecuencias devastadoras.

Sergio Olguín ha escrito una novela que deja al desnudo los alcances insospechados del horror en tiempos de muerte y opresión. Una obra conmovedora que reúne los mejores atributos de su literatura: la gracia, la belleza, la oscuridad.

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César Aira: “La literatura no tiene ninguna obligación con la sociedad”

Alguna vez lo llamaron ‘el secreto mejor guardado de la literatura argentina’, pero hoy -con 67 años- ya es uno de los escritores vivos más importantes de América Latina.

César Aira nació en Coronel Pringles, Argentina, en 1949. Desde 1967 vive en Buenos Aires, dedicado a la escritura de novelas, ensayos y muchos textos que oscilan entre ambos géneros, y a la traducción.

César Aira es uno de los narradores más radicalmente originales, imaginativos, inteligentes y delirantes. Su obra se ha publicado profusamente en Argentina, Chile, México y España, y varias novelas suyas han sido traducidas al alemán, al inglés, al francés y a otras lenguas. Colaborador habitual de diversos periódicos y medios de comunicación, también ha ejercido la docencia en las universidades de Buenos Aires y Rosario.

cesar aira

Aquí reproducimos una entrevista de Semana.com de Colombia, en una nota donde Aira demuestra una vez más su humor, su potencia narrativa y su forma directa de ser y vivir.

Periodista: Usted es un escritor muy prolífico, ha escrito más de 80 novelas y normalmente publica de a dos o tres por año. Pero la última, El Santo, salió en 2015, ¿por qué paro?

César Aira: Hice huelga porque me cansé de que me pusieran ese mote de ‘prolífico‘. Empecé a notar que nadie decía que mis últimos libros eran buenos, sino que eran muchos y eso me enojó un poco. Sobre todo una crítica de El Santo, justamente, que empezaba diciendo “¡Otra novela de Aira! ¿Valdrá la pena leerla? Si cuando la terminemos ya habrá aparecido otra”… Así que decidí dejar de sacar cosas por un tiempo.

Periodista: ¿Pero siguió escribiendo?

C. A.: Sí. De hecho voy a volver a publicar. Este año sale otra novela. Perdón… otras (Risas).

P: A pesar de su huelga, Penguin Random House sacó el año pasado una biblioteca con varios de sus libros…

C. A.: Es que tenían muchos libros míos ya publicados. Quisieron reunirlos con un mismo diseño y le pusieron ese nombre: ‘Biblioteca Aira‘. Está bien. Me gusta porque yo toda mi vida he sido un hombre de libros y tener una colección con ese nombre suena bien.

P: Además de ellos, usted también trabaja con editoriales pequeñas. Las que algunos llaman ‘independientes’…  ¿Hay alguna diferencia entre trabajar con ellas y trabajar con las más grandes?

C. A.: La libertad de volumen. Las editoriales grandes piden pasar de las 150 páginas y ponen algunos límites. En cambio las pequeñas no. Estas han proliferado en Argentina y creo que en el resto del mundo porque se ha hecho mucho más fácil el proceso de imprimir. Además, algunas son de amigos míos que me permiten todo: si les doy un libro de 20 páginas, lo sacan. También me dan más libertad de experimentar. Sin embargo la diferencia ya no es tanta porque yo he terminado haciéndome muy amigo de todos mis editores, incluso en las editoriales grandes. Quizá es por un complejo de culpa, porque sé que conmigo están perdiendo plata y no les importa porque les gusta lo que escribo.

P: En Colombia también hay un boom de pequeñas editoriales, ¿cree que esa tendencia es buena para el mercado literario?

C. A.: Yo creo que es bueno… aunque al final no lo sé, porque también veo que se está escribiendo demasiado. Un amigo mío dice “porque no dejan escribir a los dos o tres que saben escribir y se callan la boca” (Risas). Aunque bueno, así haya mucha industria editorial y mucho libro, uno no puede esperar a que aparezca un gran escritor cada semana o cada mes, ni siquiera cada año. Un escritor realmente buen va a aparecer cada 30 o 50 años.

P: ¿Y cuál cree que ha sido el último gran escritor?

C. A.: Borges fue un gigante. Creo que Kafka y Borges fueron los dos grandes del siglo XX. En Argentina acaba de morir uno que fue realmente grande: Alberto Laiseca, creador de un mundo propio. Y eso es lo que falta a veces. Los escritores y novelistas se conforman con escribir una buena novela, y hay tantas buenas novelas que una más no hace la diferencia. Pero crear un mundo propio, un estilo propio, crearse a uno mismo… eso es mucho más difícil.

P: ¿Cree que actualmente hay escritores tratando de hacerlo?

C. A.: Yo leo muy poco a los escritores contemporáneos. De cada diez libros que leo, nueve son relecturas. Aunque si leo a algunos amigos y a autores jóvenes. Una vez dije que leo muchas dos primeras páginas y algunos se enojaron, pero es la verdad, me mantengo. Sin embargo, yo desconfío de mi propio juicio, porque siempre me va a gustar lo que se parezca a mí, así que me puedo perder algunas cosas.

P: Sus primeros libros eran largos, pero a mediados de los 90 comenzó a sacarlos cada vez más cortos. Ahora ninguna de sus novelas pasa de las 100 páginas, ¿cómo descubrió cuál  era su tamaño ideal para contar historias?

C. A.: Simplemente me di cuenta de que estaba haciendo un esfuerzo para ser un novelista “normal”. Fue cuando empezaron a aparecer estas pequeñas editoriales de las que hablamos. En ese momento yo ya había publicado varios libros y tenía cierto nombre, pero se me acercaron tres chicas jóvenes que habían fundado una editorial llamada Beatriz Viterbo (por el personaje de Borges) y me pidieron un libro. Yo me di cuenta de que ellas podían publicar novelas cortas, de unas 70 páginas. Así que les di una en ese formato corto y fue como una liberación.

P: Usted ha dicho en varias ocasiones que comienza sus libros a partir de una idea concreta, pero ¿cómo las desarrolla? ¿Desde que comienza a escribir sabe cuál va a ser el final?

C. A.: No. La historia se va armando a medida que la voy escribiendo. Pero para eso necesito dos cosas: que la idea sea un poco rara y que rompa la lógica (como un ser inmortal que muere) un poco en el sentido de Borges, y también que sea algo personal, algo que me toque a mí así no sea propiamente autobiográfico. Si solo está la idea, la historia sale como algo frío y mecánico. Y si solo está lo personal, puedo caer en el sentimentalismo y escribir algo patético. No siempre lo logro, de cada cinco historias que empiezo, solo termino una.

P: ¿Y tiene una rutina para escribir o espera a que le llegue la inspiración?

C. A.: Soy muy rutinario. A media mañana me voy a un café de Buenos Aires con mi lapicero y mi libretita y escribo una o dos horas. Y a veces en la tarde, si no tengo algún compromiso, hago otra sesión. No soy de inspiraciones momentáneas, soy escritor solamente cuando escribo. De hecho a veces me atasco, no sé cómo seguir y digo “lo voy a pensar a ver si caminando se me ocurre algo”, pero no pasa nada. Tengo que ponerme frente a la libreta nuevamente para desenredarme.

P: ¿Y ha intentado escribir directamente en el computador?

C. A.: No. Para mí son fundamentales el papel y la mano. Yo pienso que la escritura manuscrita es la base de la civilización y no está bien que se le abandone ahora. Y eso está pasando, tristemente. Yo he visto gente en los cafés que se instala con teléfono, netbook, tablet, pero cuando tienen que anotar algo le piden al mesero un bolígrafo. Y también sé de maestros, incluso grandes, que escriben tan mal que no se les entiende. Se ha perdido mucho… pero no quiero ponerme militante, que cada cual haga lo que quiera.

P: Pero usted siempre pasa los textos a computador…

C. A.: Sí. Todos los días paso a la computadora lo que escribí el día anterior. Pero siempre imprimo. Si no está impreso no me quedo tranquilo porque esas máquinas no me dan mucha confianza. Se apagan, se queman y uno puede perderlo todo. Las libretas las tiro luego porque ya tengo demasiados papeles en mi casa. Aunque siempre me acuerdo de Marguerite Duras, quien también tiraba los cuadernos con sus novelas originales y un amigo le dijo “¡Piensa en tu hijo!.. Esas cosas luego van a tener algún valor”. Yo también debería pensar en mis hijos, pero no creo que mis cuadernitos lleguen a tener tanto valor en el futuro.

P: Al inicio de su carrera usted fue traductor de libros, ¿aún práctica ese oficio?

C. A.: No. Yo traducía para poder alimentarme, así que deje de hacerlo cuando deje de necesitarlo. Aun así, de vez en cuando traduzco algo que me gusta para un amigo, porque después de 35 años de hacer algo uno se encariña.

P: ¿Y qué le dejó esa experiencia a su oficio como narrador de historias?

C. A.: En esa época yo me especialicé en best sellers norteamericanos. Y puede que estos no sean gran literatura, pero tienen una buena estructura narrativa. Además en esa literatura comercial y de entretenimiento hay algo de honestidad: simplemente hacen libros bien hechos y sin pretensiones para que un lector pase un buen rato. Algo que contrasta con esa deshonestidad de algunos escritores que juegan al vanguardismo y que escriben unas cosas poéticas y complejas simplemente porque no saben hacer una narración simple y directa.

P: Usted es muy crítico de los escritores latinoamericanos que se dedican a opinar de la actualidad mundial y de política local… ¿por qué le molesta que lo hagan?

C. A.: No, no me molesta. Que hagan lo que quieran. Lo que pasa es que yo nunca fui de la línea del intelectual y creo que esa es una traición al papel del escritor artista que tendría que ser solo un creador y no dedicarse a opinar ni a decir la verdad. Además me parece que algunos hacen el ridículo cuando se ponen a hablar de economía o de política, pero tampoco en ese caso me pongo militante.

P: Y entonces, ¿cuál es el papel de la literatura y de las novelas en una sociedad?

C. A.: No tiene ningún papel. Y esa es su gran libertad, pues al no tener función, puede ser lo que quiera. Ese es el secreto del arte: la libertad, no estar obligado a nada. Por otro lado, hoy con la literatura se hacen muchas cosas que se harían mejor fuera de ella. Un ejemplo son las biografías noveladas o las ‘novelas históricas’. Pues que escriban una biografía o un libro de historia, pero que no las junten con las novelas.

P: Pero usted alguna vez escribió una novela histórica…

C. A.: Sí. Un episodio en la vida del pintor viajero (2000). Me salió sin querer y había decidido no publicarla porque es algo con lo que no estoy de acuerdo. Pero las chicas de esta editorial que le comente me la pidieron encarecidamente, yo se las di y ahora resulta que es mi novela más popular, más conocida y más traducida. Seguramente porque es la peor (Risas).

P: ¿Todavía se divierte escribiendo?

C. A.: Escribir para mí es un gran consuelo. Hace poco tuve una época mala, con mi mujer y algunos amigos enfermos, y me salió una novela que sucede en el Imperio Romano. Un general romano al que mandan a pacificar la Panoña (que no sé qué será eso, pero me sonó bien). Yo escribía todos los días una aventura, una batalla, conversaciones entre legionarios, etcétera. Y eso me ayudo a sobrellevar esos meses… La acabé el otro día y me di cuenta que había quedado una novela rara, que parecía escrita por uno de esos niños de 12 años que se entusiasman con historias de los romanos, pero con el estilo maduro de un escritor con experiencia.

P: ¿Y esa va a ser la próxima novela que va a publicar?

C. A.: No. Va a ser una novelita de indios que va a aparecer en Chile. Quise hacer una cosa bastante extrema: una novela en clave (Roman a clef). Pero es una clave tan extrema que sola una persona en el mundo va a saber de qué se trata. Todos los demás van a pensar que es un disparate. Este tipo de novelas ha caído, quizás porque la gente la ve como una cosa muy antidemocrática, de grupitos selectos que se escriben entre ellos, pero quise hacer este experimento.

P: Finalmente tengo que preguntarle por Ricardo Piglia, un colega suyo que murió comenzando este año, ¿qué vacío cree que deja él

en la literatura argentina?

C. A.: No lo conocí personalmente y casi no leí sus libros, así que no puedo hablar de él. Solo leí su primera novela, cuando salió en los años 70, pero me pareció una tontería. Solo sé que era un profesor prestigioso, muy culto e inteligente.

Fuente: http://www.semana.com/cultura/articulo/hay-festival-y-cesar-aira-la-literatura-y-la-sociedad/513767

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Adiós querido Ricardo Piglia

Piglia en el Splendid

El viernes pasado fue un día negro para la literatura, murió Ricardo Piglia; a los 75 años, carcomido por la esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad degenerativa que padecí­a hace años, se fue Piglia dejando a la literatura hispanoamericana huérfana de una de sus voces más lúcidas y representativas, capaz de transitar los intersticios entre la crítica, la novela, el ensayo, el guión y la docencia.

Se ha escrito mucho sobre él y se lo ha llorado. Hoy subimos una nota que escribió Horacio González en un suplemento especial “Sin Ricardo Piglia” que Pagina 12 le dedico especialmente. Recomendamos también las otras notas, dan un prisma amplio de su persona.

Piglia en el SplendidRicardo Piglia nació en Adrogué, en la provincia de Buenos Aires, en 1940. Trabajó durante una década en distintas editoriales de Buenos Aires y dirigió la famosa colección Serie Negra, que difundió la obra de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, David Goodis y Horace McCoy. La invasión (1967), su primer libro de relatos, recibió el Premio Casa de las Américas, al que siguieron las narraciones incluidas en Nombre falso (1975). Su primera novela, Respiración artificial (1980), tuvo una gran repercusión en los círculos literarios y fue considerada una de las más representativas de la nueva literatura argentina. Otras de sus obras son Prisión perpetua (relatos: 1988), La ciudad ausente (novela: 992), Plata quemada (novela: 1997), Blanco nocturno (novela: 2010; Premio Nacional de la Crítica 2011) y El camino de Ida (novela: 2013). También ha publicado varios ensayos sobre literatura como Crítica y ficción (1986), Formas breves (1999) y El último lector (2005). Desde los años ochenta, ha impartido clases en diversas universidades de Estados Unidos entre las que se cuentan Harvard y Princeton hasta su regreso a Buenos Aires en 2011. En 2015 obtuvo el Premio Fomentor de las Letras. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas, particularmente al inglés, francés, italiano, alemán y portugués. Falleció en la Ciudad de Buenos Aires, el 6 de enero de 2017.

El oficio de vivir x Horacio Gonzalez*

Para Ricardo la ficción era un imperceptible movimiento de un objeto real, que debía seguir siendo real, y al mismo tiempo dejar algún pequeño indicio de que se había corrido de lugar. Creó así una zona de incerteza sobre el ser narrativo, que acompañó toda su aventura literaria. Su tarea de años fue la asombrosa presencia a su alrededor de varias generaciones de lectores que aprendieron a reconocer el pequeño matiz pigliesco, esa abrumadora ambigüedad entre la narración de una historia y la propia historia objetiva, que en un segundo plano silencioso, resistía quejosa a que el escritor la solicitara como un severo archivista y la largara a la libertad como un enigma oracular.

Hizo todo esto con las intuiciones que le proporcionó su condición de antiguo y ávido lector de la historia argentina, más la antropología de delicadas tergiversaciones que finalmente componían un mundo de claves apenas insinuadas, nunca aptas para el descifrador profesional. Respiración artificial, al comienzo de los ochenta, ensayó esa veladura general de los hechos, levantando una dolorosa ficción sobre el desasosiego nacional, con una serie de diálogos, que retrocedían hacia el infinito -la no historia- en el momento en que cada personaje citaba la historia que había contado el anterior, que a su vez ofrecía lo suya. Así la estructura pigliesca siempre fue un “dijo tal que dijo tal”, y la trama de relatos compuso la mayor alusión de segundo grado que tuvo la literatura argentina de la propia literatura argentina. Por la misma razón, la voz de un narrador que se resuelve en el problema existencial y literario de la glosa, le interesaron Saer y Puig. Saer le interesó por el modo el que tiempo del narrador se convertía en una asombrosa objetividad lúdica. Y Puig por las dificultades que surgían como enseñanza radical cuando se fingía que había una voz natural de lo popular en su inocencia última, que podía ser grabado y trasladado a una narración, dejando todo en libertad para que trasunte el horror y la piedad al mismo tiempo.

Piglia fue prudente, su humor era contenido e incisivo, lo más grave solía no decirlo, y tiempo después emergía un mendrugo de lo acontecido como una ironía indescifrable. Elaboró su frase con un cincel vibratorio, tenían que terminar en un suave acertijo y seguir temblando largo tiempo en la conciencia del lector. Siempre fingiendo indiferencia, dejando aromas de fino humor. Restituyó en el país la lectura de Macedonio haciendo del lector el único personaje de ficción que siempre comprendía que lo era. Su novelística fue un dúctil narguilé que se aspiraba entre Borges y Arlt, pero con sutiles maniobras de su embarcación que los esquivaba en todo lo que a la vez ambos tenían de escollo. Sus Diarios son una memoria literaria de los años 60 como la que aún no se había escrito, salvo Borges con Bioy de esos mismos años. El contraste entre ambas memorias esenciales de la vida de los escritores en tanto existencias arrojadas al mundo, será durante mucho tiempo motivo de estudio de los muchos que aún se interesan por estos temas trascendentes. Porque son vetas esenciales y diferentes de la memoria nacional.

Su dimensión ligada al policial negro lo hizo crear grandes comisarios golpeados, una gran inversión ética con la que se desafiaba al mero o superficial progresismo. El comisario Croce, el más memorable, pariente de Treviranus de Borges o del Daniel Hernández de Walsh. Estudió vanguardias y como todo en él, fue nuestro último vanguardista sin que nuca lo hubiera dicho; no tenía necesidad de mentar ese concepto. En los últimos tiempos escribió con los ojos, metáfora esencial a la que arribó porque estaba enfermo –con inusual resignación viril y existencial–, y porque finalmente estaba experimentando con sus máquinas de escritura, que ahora parecían menos anónimas, ya que no sentía tener cuerpo y  todo se refugiaba en los poderes de la visión, de donde salía la letra escrita. A la vez doliente, y empeñosa en continuar significando a una ciudad ausente, o cualquier otra ausencia –para registrar las cuales Piglia fue un maestro del indicio vital apenas susurrado–, y en este caso, su cuerpo ausente que resistía y resistía gracias al misterio de la literatura. Un misterio secundario que siempre emana de un cuerpo, cuerpo que siempre emana del más duro materialismo ético que pudiera haber. Ricardo encarnó todo eso,  a veces lo llamó crítica, a veces lo llamó ficción. Creo que cuando alguien muere, hay muchas muertes ya acontecidas que como cortejo espectral vuelven a hacerse presentes. No mueren otra vez, indican que tienen una clase especial de existencia que no sabríamos definir muy bien. Renzi pasa, Waslh vuelve a asomarse.

* Sociólogo, ex director de la Biblioteca Nacional.

Fuente: www.pagina12.com.ar/temas/2642-sin-ricardo-piglia

 

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Selva Almada: “Lo peor que nos puede pasar es que todo se convierta en una cuestión de corrección política”

Reproducimos una riquísima entrevista realizada a Selva Almada en La primera piedra.

Ph Irupé Tentorio
Ph Irupé Tentorio

-En tus libros suele haber una relación bastante fuerte entre lo político -no en un sentido partidario, sino más vinculado a la denuncia- y la literatura. ¿Cómo manejás esa relación?
-No la pienso a priori. Cuando escribo una ficción, estoy pensando en construir ese universo donde los personajes se van a mover. Cuando pensé Ladrilleros (Mar dulce, 2013), tenía en la cabeza una historia del tipo Romeo y Julieta, pero corriéndole el eje a la historia de un chico y chica para que fuesen dos chicos. De ahí surge también narrar cómo es ser homosexual y de clase baja en el interior y cómo no es lo mismo que ser “gay” en Buenos Aires. Pero la intención es siempre contar una historia, no la denuncia. De todos modos, cuando escribo, no dejo de ser o de pensar lo que soy o pienso cuando no estoy escribiendo: escribo con todo lo que me interesa encima, no es un traje que me ponga y me saque. Por más que yo no me proponga que aparezca, en algún momento se filtra y tiñe la ficción, ya sea por adición u oposición. Ladrilleros fue un intento de hablar de la masculinidad, de las distintas relaciones de amistad, amor y familiares entre varones, y cómo viven las mujeres en relación a eso, donde aparece el machismo que las excluye, al mismo tiempo que se dan valor los unos a los otros. Son, en definitiva, cosas que a mí me interesan desde siempre, pero no es algo planificado desde el principio. No me interesa la literatura como vehículo para decir “yo creo esto”.

De todos modos cuando escribo no dejo de ser o de pensar lo que soy o pienso cuando no estoy escribiendo: escribo con todo lo que me interesa encima, no es un traje que me ponga y me saque. Por más que yo no me proponga que aparezca, en algún momento se filtra y tiñe la ficción´.

-En ese sentido, siempre se te suele asociar al “documentalismo literario” y vos respondés que no. Por lo que decís, se puede pensar que la realidad se sube al tren de la ficción ya andando y no al revés.
-Doy talleres literarios hace ya bastante y cuando un alumno me dice que quiere escribir sobre un tema en particular, yo le respondo que no tiene que pensar en un tema, sino en los personajes, las relaciones, el contexto. El tema dejá que después lo vean los críticos y los periodistas. Después sí, surgen las múltiples lecturas con las que se puede coincidir o no, pero te abren la puerta a descubrir un montón de cosas de ese texto que por lo menos yo no sabía. Yo no pienso en temas. Por ejemplo, en El viento que arrasa (Mar dulce, 2012), yo no planeaba escribir sobre religión, sino sobre una relación de un padre con su hija adolescente, donde ambos se llevan mal y están obligados a convivir en un auto por muchos kilómetros porque el tipo es un predicador. El mismo trabajo de la escritura después te lleva a que aparezcan cosas nuevas y los cambios en los personajes, que llevaron a hablar más de la religión de lo que yo pensaba. No tengo mucha conciencia de lo que van a hacer los personajes antes de escribir, por eso muchas cosas se me revelan en los comentarios posteriores.

-A la hora de escribir, ¿tenés alguna rutina o mecanismo?
-No, menos últimamente que me cuesta mucho sentarme a escribir. Me pasó con Ladrilleros que me tomé mis quince días de vacaciones para poder terminar esa novela, porque ya tenía la idea rondando en la cabeza. Ahí me obligué a escribir 10 páginas por día aproximadamente, pero fue la única vez que pude cumplir con eso. Las fechas de cierre o “deadlines” suelen ayudar mucho en eso. Es raro, porque es una de las cosas que más me gusta hacer y por el otro me cuesta un montón sentarme a hacerla.

-Tiene que haber como un estado mental especial, una disponibilidad, ¿no?
-Sí, puede costar escribir, pero a la vez cuando estoy con un nuevo proyecto lo tengo siempre presente en la cabeza y estoy pensando en los personajes, las escenas, los detalles de manera constante. Me imagino que eso debe ayudarme cuando finalmente me dispongo a escribir, porque sale más rápido y cuesta menos. De todas formas, siempre aparece la historia afuera de la hoja y después me siento a escribirla.

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Si queres seguir leyendo la entrevista te damos la fuente: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2016/12/entrevista-selva-almada

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