Epidemia, amor y poder

Una novela que esta dando que hablar y que le esta gustando a todo el mundo es “Los que duermen en el polvo”, de Horacio Convertini, en clave de ciencia ficción, ofrece la historia de un hombre desdichado que aterriza en un barrio porteño asediado por personas infectadas antropófagas.

 

Escenario apocalíptico, esbozos de ‘zombies’ lentos que buscan carne humana, crisis matrimonial, intrigas políticas y asesinatos y desapariciones. Aunque parecieran reunidos por el azar o por una imaginación forzada (ejemplos reales no faltan), esta combinación de elementos en la reciente obra de Horacio Convertini Los que duermen en el polvo(Alfaguara), confecciona una novela cuidadosamente compacta que refleja las consecuencias de la pérdida y la oscuridad que emana de las personas ante situaciones extraordinarias y difíciles, develando la naturaleza macabra que llevamos dentro.

 

Jorge es el personaje principal y único narrador de la obra. Inserto en un matrimonio asfixiante, a este periodista y funcionario nacional lo sorprende el estallido de una extraña y misteriosa epidemia que se extiende rápidamente por la mayor parte de la Argentina, convirtiendo a los infectados en “bichos” en podredumbre y devoradores de personas a los que, en algunos casos, les transmiten el mal. Luego de permanecer en Río Gallegos, la nueva capital nacional, y tras la desaparición de su esposa Érica, Jorge decide regresar a Buenos Aires e instalarse en lo que fuera el barrio de Nueva Pompeya, el único reducto que fue fortificado y fuertemente armado para la resistencia militar.

Mientras Jorge intenta despegarse de la figura omnipresente de Érica e inicia una especie de romance con una jovencita, se desata una serie de asesinatos que disparan todo tipo de sospechas, y obliga al encargado del fuerte, el iracundo Lele Figueroa, a ir detrás de la verdad.

Una de las fortalezas de Los que duermen en el polvo reside en la construcción y el tejido de la trama, similar a una partida de ajedrez, que resulta en una mezcla interesante de géneros literarios. El contexto noir de terror desatado por la epidemia, los “bichos” y los homicidios sin resolver, que tiene a Nueva Pompeya como epicentro de esperanzas (uno de los recursos explotados anteriormente por el autor en otros textos), se transforma en una plataforma de intrigas, manipulaciones y negociados políticos interesados en la fervorosidad del poder y la transformación. El Lele Figueroa es su máximo exponente: político ambicioso, borracho y fumador, cuya tenacidad y perseverancia dentro de las estructuras gubernamentales lo ciegan de la realidad, en la búsqueda de la reconquista para alcanzar los laureles de la heroicidad: “Lo único seguro es que ese momento va a llegar y que se nos ordenará ampliar la frontera, iniciar una guerra de reconquista para limpiar el país y volver a ser lo que fuimos. Y yo, como primer interventor de la Buenos Aires recuperada, estaré en la vanguardia”.

Por otro lado, la relación de Jorge y Érica antes y después de los “bichos”, la posterior desaparición de la mujer y los pensamientos del protagonista marcan el principal atractivo de la novela. De hecho, la narración de Jorge se va ennegreciendo en el transcurso de las páginas, y adquiere tintes psicopáticos y traumatizados. Un hombre que se auto menosprecia intelectual y sexualmente, que ama y odia a su esposa por la superioridad y capacidad de manipulación afectiva de ésta (“Los ojos escrutadores de Érica me sobrevolaban, como los de un dios que sabe todo y que por eso no juzga, sólo administra la condena del desdén”), va degenerando en una espiral de rencor que, en cierto punto del relato, va perdiendo todo atisbo de certezas, pero que, consecuentemente, encierra claves escondidas en esa corriente de recuerdos imperfectos y persistentes. Esa inspiración en el thriller psicológico arrastra al lector a una incertidumbre que durará hasta la última página. Y promete sorpresas inesperadas.

Los que duermen en el polvo conjuga temáticas interrelacionadas que la convierten en una obra atrapante: la resignación a la pérdida, el desprendimiento de lo celosamente retenido, el engaño como herramienta de lo persuasivo, las difuminaciones entre lo bueno y lo malo, y la violencia en sus facetas físicas y psicológicas insertas en situaciones extremas. Quizás las diferencias entre sanos y “bichos” sean tan solo meras apariencias.

Fuente : MDZ diario On line

http://www.mdzol.com/nota/752343-epidemia-amor-y-poder/

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El mono en el remolino, el libro de apuntes de Selva Almada

Lo que se viene.

Una de las flamantes novedades de septiembre es el Diario del rodaje de la esperada película de Lucrecia Martel sobre Zama, de Antonio Di Benedetto. 

mono en el remolinoEl mono en el remolino se llama el nuevo libro de Selva Almada que está saliendo a la venta. Allí la entrerriana escribe su enfoque sobre el rodaje de Lucrecia Martel que se juega su merecidísimo prestigio llevando a la pantalla grande una de las mejores novelas de la literatura nacional: Zama, de Antonio Di Benedetto. “Son textos escritos en tercera persona, en su mayoría”, detalló a Entre Ríos Ahora. Aquí su experiencia.La Ciénaga, La Niña Santa, La Mujer sin cabeza, el cine de Martel va dejando marcas, con historias hechas de climas, silencios que narran y gritan, palabras justas, miradas que murmuran. Por eso ahora tal vez el riesgo sea mayor. Martel se mete con una de las grandes novelas de la literatura Argentina: lo que estrena el 28 de septiembre es Zama, una película basada en la historia homónima de Antonio Di Benedetto.

Antes del estreno, se antepone la salida de un libro que se acopla al viaje, lo prologa y a la vez hace su propia historia. Y ese libro lo escribe y lo firma la autora de El viento que arrasa, Ladrilleros, Chicas muertas, títulos que han resultado centrales en la literatura argentina de la última década.

Selva Almada es una de las principales referentes de la narrativa nacional que se escribe hoy. Y es ella la autora de El mono en el remolino, notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel, que Literatura Random House llevará a las bateas de todas las librerías a partir de la semana próxima.

¿Cómo surgió la propuesta de escribir el libro?
“La idea del libro fue de los productores de la película, Santiago Gallelli y Benjamín Domenech, de Rei Cine. Y Lucrecia Martel les sugirió mi nombre. A mí me gustó enseguida la propuesta, sobre todo porque era muy abierta: ir, mirar y después escribir lo que se me antojara”.

¿De qué modo organizaste el trabajo y cómo lo encaraste? ¿Al estilo de un cronista, de un observador, de un escritor que se mueve detrás de escena?
“Yo no podía estar los dos meses y medio que iba a durar el rodaje porque ya tenía otros compromisos asumidos. Así que de entrada deseché la idea de escribir un diario de rodaje. Cuando estuve allí tomé notas, observé, conversé con la gente (tanto los técnicos como los actores no profesionales). Una vez que empecé a pensar el libro, pasado el rodaje, fue pasando por diversas formas (un libro de entrevistas, un libro sobre la Zama de Martel y un intento anterior de hacer Zama que había tenido como director a Nicolás Sarquís, en los 80), finalmente terminó siendo esto que es: un libro con mis impresiones, con cosas que me llamaron la atención, con trazos del paisaje. Son textos escritos en tercera persona, en su mayoría. Hay uno largo que es una transcripción apenas intervenida, de una charla con una mujer qom”.

¿Qué tipo de relación, si es que se dio, tuviste con la directora y los actores?
“Con Lucrecia nos conocíamos, estábamos trabajando juntas en un proyecto que finalmente no prosperó. Pero durante el rodaje no tuvimos mucho tiempo de conversar; ella tiene una presencia central en todo el trabajo, se involucra completamente en cada escena y en cada cosa detrás de la escena, antes, durante, después? una vez que terminaba el día de rodaje, ella seguía trabajando con los técnicos o reuniéndose con los actores, planeando el día siguiente. Mi rol era de simple observadora y la verdad es que traté de interferir lo menos posible en el trabajo de los demás”.
Su relación con el libro

¿Cómo es escribir sobre la grabación de una peli? ¿Habías estado antes en un detrás de escena?
“No, es la primera y única vez que estuve en un rodaje. Fue una experiencia interesante ver cómo trabaja Lucrecia y cómo trabaja todo el equipo, su entrega y su admiración hacia ella. Y también ver trabajar a personas que no tienen una formación actoral, en algunos casos ni siquiera un contacto con el cine como espectadores”.

¿Habías leído Zama? ¿Qué te había parecido el libro? 
“Sí, había leído la novela hacía unos cuantos años. Recuerdo que me la regalaron, la empecé, la abandoné, luego se la presté a un amigo, a él lo fascinó y me dijo que no entendía cómo no la había leído. Así que su entusiasmo me hizo volver al libro y ya en la primera página yo también me pregunté cómo era posible que lo hubiese abandonado antes: me encantó; la escena del mono en el remolino es tan hermosa? y al mismo tiempo, ahí en la primera página, en ese mono que no se decide a irse, está la clave de la novela. Es un gran libro”.

¿Qué peli de Lucrecia Martel habías visto y cuál es tu preferida?
“Sí, yo admiro muchísimo lo que hace Martel. Vi todas sus películas, hasta un corto que hizo cuando era estudiante o apenas había terminado la carrera: Rey muerto. A mí me gustan todas sus películas. La ciénagaes la que vi más veces, nunca me canso y cada vez que la pesco en la tele no puedo cambiar el canal”.

¿Te gusta escribir para cine?
“El año pasado trabajé en un guión para una productora canadiense. Y ahora estoy escribiendo con Maximiliano Schonfeld (director entrerriano, integrante de la llamada pandilla cerspense junto a Ivan Fund y Eduardo Crespo) el guión de su próxima película”.

Sobre el libro
La toma que se repite. Los susurros de los qom y su prolijo caminar de fila escolar ante las cámaras. Las máquinas que se empantanan. El calor y el barro. Los trajes y las pelucas. El casting. Pueblos fantasma transformados en escenografía; vecinos, en españoles e indígenas; campos, en los páramos donde Don Diego de Zama espera en vano el ascenso que lo saque del ostracismo y la apatía. Mientras Lucrecia Martel filma, Selva Almada observa, pregunta, escribe. Y esas notas -sutiles, líricas- son mucho más que un inspirado e irreverente diario de filmación: son un dispositivo óptico, sensible, que ilumina, fragmenta y profundiza en el mito literario de Zama, atravesando las páginas y las imágenes, de la película al libro.

Fuente: Entre Ríos Ahora.

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Hebe Uhart premio a la trayectoria

Hebe Uhart ganó un reconocimiento internacional por su trayectoria, el gobierno chileno distinguió a la cuentista, novelista, cronista y docente con el Premio Iberoamericano Manuel Rojas, dotado de 60 mil dólares.

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Una vez, Fogwill dijo que era la mejor escritora argentina. Mucho tiempo después, el mundo editorial le hizo caso. Ahora, un jurado compuesto por los autores nacionales César Aira y Martín Kohan, los chilenos Alejandra Costamagna y Ramón Díaz Eterovic y el mexicano Jorge Volpi decidió que Hebe Uhart sea este año la ganadora del Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, dotado con 60 mil dólares, medalla y diploma.

“Aquí estoy acomodando las plantas, para que no se estorben unas a otras, ni tengan partes muertas, ni hormigas. Me produce placer observar cómo crecen con tan poco; son sensatas y se acomodan a sus recipientes; si éstos son chicos, se achican, si tienen espacio, crecen más. Son diferentes de las personas: algunas personas, con una base mezquina, adquieren unas frondosidades que impiden percibir su real tamaño; otras, de gran corazón y capacidad, quedan aplastadas y confundidas por el peso de la vida”.

Así comienza Guiando la hiedra, uno de los cuentos más famosos de Hebe Uhart, que durante mucho, demasiado tiempo, fue una autora de culto, pero no tan reconocida más allá de sus pares. “Se encuentra entre aquellos escritores donde un modo de mirar produce un modo de decir, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”, escribió una vez sobre ella Elvio Gandolfo.

La gran cuentista argentina, Hebe Uhart, nos presenta una colección de relatos centrados en los pequeños detalles.
La gran cuentista argentina, Hebe Uhart, nos presenta una colección de relatos centrados en los pequeños detalles.

Recién en 2004, cuando le dieron su primer Premio Konex, Hebe Uhart publicó en una editorial comercial grande, y un cuento en una antología. El resto, había salido al mundo por editoriales chicas, muchas de ellas ya inexistentes. Tarde, pero seguro, desde 2010 sus textos dejaron de ser difíciles o imposibles de conseguir gracias a la edición de sus Relatos reunidos (Alfaguara) y entonces cambió el paradigma, se acomodaron un poco las cosas.

Llegaron los galardones, y más publicaciones, viejas y nuevas, ahora sí, disponibles en librerías de todo el país, sin hacer mayor esfuerzo que el de ir a buscarlas. En 2011 le dieron el Premio Fundación El Libro al Mejor Libro Argentino de Creación Literaria y en 2014 otra vez el Konex. Todo esto no hizo nunca que Hebe Uhart se sienta canónica. Su literatura y sus crónicas siguen teniendo la cualidad modesta y emotiva de siempre, esa mirada extrañada sobre la vida cotidiana, la gente, los pueblos chicos, los viajes.

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Eso se puede ver en la colección de relatos El gato tuvo la culpa (Blatt & Ríos, 2014), la compilación de crónicas de viaje a partir de sus columnas para El País, de Uruguay, Viajera crónica (Adriana Hidalgo, 2011) o el libro Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos, 2015), de Liliana Villanueva, que reúne notas y reflexiones tomadas en sus talleres, que da en su casa de Almagro desde hace décadas, mientras convida café y galletitas a sus alumnos, que exige siempre seam principiantes.

Este nuevo reconocimiento, el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, es otorgado anualmente por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes del gobierno de Chile con el objetivo de distinguir escritores por su trayectoria y aporte al diálogo cultural y artístico de Iberoamérica. Desde su creación en 2012, Hebe Uhart es la tercera argentina a la que se lo dan (antes fue a Ricardo Piglia, en 2013, y a César Aira, en 2016) y la segunda mujer que lo gana, después de la mexicana Margo Glantz, en 2015.

 

Fuente Diario Zeta: http://www.diarioz.com.ar/#!/nota/reconocimiento-internacional-a-hebe-uhart-por-su-trayectoria-57735/

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VANOLI: “LA LITERATURA TIENE QUE METERSE CON EL PROBLEMA DEL CONSUMO”

“Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso”, afirma Hernán Vanoli, quien recientemente acaba de publicar Pyiongyang (Literatura Random House, 2017). Con un tono fantástico, que roza el presente distópico, el autor propone interrogar la esfera de los consumos actuales y afirma que la “la literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix”.

Reproducimos una nota de La primera Piedra a nuestro escritor Hernán Vanoli

Sobre el autor:

Hernán Vanoli nació en Buenos Aires en 1980. Es uno de los editores de la revista Crisis, donde escribe sobre consumo, literatura e historia cultural, y del pequeño sello Momofuku. Trabaja como guionista e investigador. Publicó relatos en diversas antologías nacionales y extranjeras, una nouvelle pulp, ensayos, un libro de cuentos y las novelas Pinamar y Cataratas (Literatura Random House, 2015).

La distopía llegó, hace rato

Con cuatro cuentos que proponen una interrogación acerca de las formas en las que los humanos interactúan entre sí y con la tecnología, Pyongyang (Literatura Random House, 2017) trae de vuelta a escena a Hernán Vanoli con su tono particular dentro de la literatura argentina. Haciendo uso de distintos registros y recursos, el autor seduce al lector para entrar de lleno en historias donde lo fantástico y lo normal interactúan frecuentemente.

En esa dirección, el uso de referencias culturales y marcas de consumo son algo que caracterizan la obra de Vanoli y que en Pyongyang se puede ver nuevamente, donde sin saturar esa estrategia, las formas de pensar y de sentir de los personajes muchas veces se ven puestas en juego a partir de los distintos consumos que el capitalismo actual y la tecnología le proponen  aun habitante de una gran ciudad, como lo es Buenos Aires.

— ¿Cómo surgieron los cuentos que componen Pyongyang? ¿Fueron en simultáneo o fue un trabajo tuyo posterior juntarlos?
 Es un libro que yo fue escribiendo muy a lo largo del tiempo, osea tenía unos cuantos cuentos que iba a escribiendo de a poco. Llegó un momento en el que me daban ganas de mostrarlos y ahí fue que armé el libro, trabajándolo en conjunto con la editora de Random, Ana Pérez. Suele pasarme que al escribir de a poco los cuentos se van formando diferentes libros, con ejes distintos. La selección es un trabajo muy lindo para mí.

 

— ¿Qué hilo conductor ves como el principal entre estos cuatro cuentos?
— 
Los uní porque me parecía que había un clima compartido. Por un lado había una pregunta acerca de la sociabilidad y los sentimientos, con las transformaciones que se dan de manera cotidiana con la tecnología. Después, por otro lado, me parecía que a pesar de ese componente que los unía, las perspectivas de narración eran bastante diferente entre sí. Eso generaba un conjunto que a mí me cerraba, más con aquello fantástico que los recorre, un poco permeable con el género de ciencia ficción.

La expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa

— En relación con eso que decías, sobre los elementos de ciencia ficción que hay en el libro, también hay algunos elementos realistas en el libro, como una especie de presente distópico. ¿Fue tu intención esa?
 A mí me interesaba extrapolar elementos que me llamaban la atención a terrenos y geografías muy cercanos y palpables. Los cuentos suceden en Buenos Aires, hay recorridos urbanos y están vinculados a experiencias contemporáneas. A mí me sirve siempre siempre pensar las cosas geográficamente e incluso el cuento que le da título al libro, “Pyongayang”tiene esos elementos. El libro se podría haber llamado “Buenos Aires” tranquilamente, por ejemplo, sin embargo Pyongyang también me sirvió para hablar de los estados de la mente: ¿qué nos pasa cuando recorremos la ciudad?

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— Al ubicar las historias en un lugar, que haya ciertas referencias culturales y políticas que al menos un porteño las puede reconocer fácilmente, ¿cómo manejás eso como escritor? Teniendo en cuenta el miedo que puede generar que un libro de literatura sea demasiado “actual”.
 La cuestión de la universalidad es una preocupación que el escritor tiene siempre en la cabeza. Me parece que en el libro hay un intento de anclarlo, pero no demasiado, trabajar esa distancias. Hay una idea de salir del costumbrismo, si bien las referencias podían ser identificables, al mismo tiempo podían funcionar para aquellos que no las conocían.

La experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas

— Siendo un escritor argentino, y por ende sudamericano, ¿cómo escribir desde lo local con ese temor a que no se entienda o no interese? Más si se piensa que la literatura europea o estadounidense no toma esos recaudos.
 Ese es todo un tema, a mí como lector me encanta leer cosas donde aprendo del lugar donde ocurren las cosas sin que me las expliquen. Los escritores sudamericanos podemos hacer lo mismo. Eso trae, por cuestiones de poder y geopolítica algunos inconvenientes, porque la expectativa mundial te pide, si sos un escritor de Latinoamérica, que muestres pobreza, exotismo, “la fauna local”. Explicar en definitiva todo para ser más legible, con algo de “argentinidad para dummies“. Es una opción, pero a mí no me interesa, creo que podemos repensar un poco la categoría de lo local y lo urbano.

— ¿En qué sentido repensarlas?
 Acá estamos en Buenos Aires, que tiene usos de la lengua muy específicas que son históricas, pero después al mismo tiempo, la experiencia cotidiana de alguien que vive acá, en San Pablo, en Lima, en Santiago de Chile o en la Ciudad de México,cada vez más son parecidas, aunque sea más para mal que para bien. A mí me interesa ese vínculo entre las grandes ciudades latinoamericanas y no sobreexponer esa “marca local”.

 En entrevistas anteriores señalaste que tu relación con la literatura argentina era como la que se tiene una familia: con los cariños y distancias que eso implica. ¿Cómo sería eso?
 Para mí la materia básica de la literatura es la imaginación, que está dispersa en el lenguaje, en las experiencias, en la forma en la que contamos las cosas. A mí me interesa trabajar con eso, es lo más desafiante en cierto punto. Hay una tradición realista que es muy fuerte y muy buena, pero también me gusta la que hace una interrogación a la imaginación política que tienen las sociedades en un momento determinado. Por ejemplo, yo rescato mucho la figura de Julio Cortázar, que está puesto muchas veces en un lugar de escritor adolescente o setentistas, pero eso tiene que ver en cómo fue apropiado. Él tenía una manera de interrogar la realidad cotidiana y a mí también me interesa esa corriente, correrse un poco de lo anecdótico.

De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas.

— ¿Y qué escritores contemporáneos ves que van en esa dirección? Se me ocurre el ejemplo de Mariana Enríquez, que explota mucho lo fantástico.
 El ejemplo que das vos es muy bueno: Mariana Enríquez tiene un gran trabajo con los géneros. A mí me sorprendió y me impactó Todo lo que perdimos en el fuego, que tiene una variedad de registros muy importante y abría la puerta a esa dimensión sórdida que tiene esa realidad. Luciano Lamberti me parece otros escritor que trabaja muy bien con esos bordes. Hay dos tendencias muy fuertes en la literatura argentina actual: una son las escritoras mujeres, que tienen mucha fuerza. La otra es la ciencia ficción, que se abrió la puerta para escribir sobre el tema.

— Recién hiciste referencia a la fuerte presencia que hay de escritoras mujeres. ¿Se dejó de pensar acerca de “la mirada femenina” cada vez que hay un libro de una autora?
 Lo que me parece que tiene este momento en particular, que es algo que no se daba tan a menudo por un montón de trabas sociales que todos conocemos, es que hay muchas escritoras que escriben muy bien. Además del caso de Mariana, también está Selva Almada, Samanta Schweblin y no puedo dejar de nombrar a Lola (NdE: Lola Copacabana, escritora, editora y traductora, pareja de Vanoli) que fue seleccionada para el Hay Festival en Bogotá. En general, ellas mismas producen que no se las lea como la mirada femenina, sino con una calidad muy potente.

 


 

— Volviendo un poco a Pyongyang, y también a lo largo de tu obra, en tus escritos siempre hay referencias a marcas. ¿Cómo trabajás eso? Pienso en el ejemplo de Fogwill.
 Yo trabajo y trabajé en lo que es el mundo de la investigación de mercado. Para mí una de las principales esferas de la actividad humana donde la literatura debe meterse es en la esfera de consumo. Todo nuestro lenguaje está infectado por eso y hay una industria poderosísima como la de la mercadotecnia, que influye en nuestra experiencia urbana. A mí me parece que todo lo que es lo relacionado a las marcas en la literatura aparece demasiado poco. Si uno se pone a pensar, hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

Hoy la política interpela a muy poca gente y la sociedad encuentra la identificación, la plena realización o la felicidad en lo que es el consumo. La literatura tiene que hacerse cargo un poco de eso.

— ¿Cómo sería hacerse cargo de eso?
 Tiene que pensar su rol en relación con el consumo y con la identificación que proponen las marcas. Ahora la publicidad está proponiendo formas de operar en la ciudad, de llevarse con el otro, de entender el cuerpo. De hecho, el gobierno actual en Argentina que sale de la investigación de mercado. Si no nos hacemos cargo que la modernidad nos dejó como legado herramientas de conocimiento y manipulación de la subjetividad de masas, y que eso opera permanentemente por corporaciones cada vez más poderosas, es terminar pensando a la literatura en un lugar muy marginal y de entretenimiento para un nicho de personas. La literatura tiene que ser una máquina de combate y meterse con estos problemas, no en un rol de denuncia, pero sí para interrogarlos de manera ética, estética y políticamente.

— ¿Y cómo evitar que la literatura sea pensada como un consumo acrítico más?
 La literatura es un consumo más, pero tiene que aspirar a ser un consumo superior a una serie de Netflix. Con que complejice las cosas, me deje pensando y después dude dos veces antes de hacer un acto que yo tenía naturalizado, alcanza para mí. Con esto no estoy criticando las series de Netflix, porque hay cosas que están buenísimas y Pyongyang se nutre un poco de eso, como por ejemplo Black Mirror.

 

— A la hora de escribir, ¿tenés algún mecanismo o rutina?
 Tomo muchas notas, sin llegar a ser diarios, que es algo que me gustaría hacer, pero soy muy anárquico: tomo notas de voz, tengo infinidad de libretas con cosas que se me ocurren. Después, necesito saber que tengo tiempo por delante para poder arrancar una historia, en eso tengo un cierto grado de neurosis muy importante. Una vez que siento que la historia está encaminada, no necesito nada.

Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido

— Un poco ya hablamos antes, ¿qué panorama tenés de la literatura argentina?
 Mi panorama es que hay mucha diversidad, un montón de cosas que sorprenden, una gran cantidad de editoriales. Es un escenario muy vital, pero a veces hay pocas discusiones en algunas cosas. Ser escritor es muchas veces estarse peleando por definir qué es ser escritor y no hay posiciones claras en ese sentido. Me parece que las generaciones nuevas de escritores son muy interesantes, que ese escribe con mucha libertad y el peso de la tradición es cada vez menor,lo cual tiene un costado que está bueno. También hay pocas instancias de críticas relacionadas a los libros.

— Por último, para alguien que quiere empezar a escribir, ¿qué consejo le darías?
— Las cosas básicas que uno puede decir es que se lea todo lo posible, de materiales diversos: leer ensayos y poesía es muy importante. Conversar con gente que también está escribiendo es clave, lo mismo aproximarse a otras disciplinas artísticas. Y algo fundamental es la honestidad: no escribir como una especie de ganar algo o posicionarse, sino hacerlo con una reflexión muy fuerte acerca de lo que uno hace y que, como dijo Daniel Durand en un poema, la vida tiene que parecerse a lo que uno escribe. Por eso la idea de vivir de la literatura es un poco ridícula no solo en un plano material, sino porque aislarse en la escritura puede ser contraproducente. Yo desconfío un poco del escritor que en un momento de su vida se dedica solo a escribir: uno tiene que chocarse con el mundo, tiene que escuchar, aprender, cambiar su mentalidad.

 

Fuente: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2017/07/entrevista-hernan-vanoli-la-literatura-meterse-problema-del-consumo/

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Leonardo Oyola: “El narrador de ficción nunca debe juzgar”

A diez años de su primera edición, el escritor matancero lanzó la primera edición nacional de “Chamamé”, su novela policial que ya es un éxito en librerías.

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Aunque su corazón siga latiendo en La Matanza, la repercusión de su vuelta a las librerías le impide abandonar la urbe porteña. Al borde de caer en el lugar común de un guión, el encuentro es en El Coleccionista, un bar notable de Caballito, con vista a la feria de libros de Parque Rivadavia, donde toman café señores entrados en canas y suena un tango como ring tone de algún celular. Allí, Leonardo Oyola recibió a El1 para charlar sobre la primera edición nacional de Chamamé, la novela que, diez años después de su presentación, es un éxito entre los lectores. “Publicarla acá era un asignatura pendiente porque, con todo lo que ocurrió con la peli y con la serie Nafta Súper, muchos fueron a buscar mis libros anteriores y Chamamé era el más deseado, por la historia y porque no se conseguía. Hubo quienes lo mandaban a traer de España y salía carísimo”, reconoce Oyola y remarca que, así como en la historia del “Pini” y su banda de súper héroes del Conurbano, “el lector va a encontrar referencias a La Matanza, con un dejavú de bailes, calles y elementos locales”.

A la hora de analizar la temática y los personajes que suele abordar, el autor asegura que el narrador de ficción nunca debe juzgar a los personajes, ni hacer “bajada de línea” y subraya: “Lo que más me interesa, aún haciendo género y bordeando los estereotipos de forma consciente, tanto de las situaciones como de los protagonistas, es poder humanizarlos, tener una vivencia de ellos”.

“Lo principal es escribir un libro sin pensar qué te va a dar”, considera Oyola.

Con las raíces claras
Cuando Oyola analiza su carrera, está convencido de que fue casual “hacer sido el primero de los autores matanceros al que le dieron un poco más importancia”. “Me parece que uno no se tiene que olvidar de los orígenes y de dónde viene. Todo lo que soy ahora está solventado en laburo y, por eso, si bien yo sé que vivo y necesito de la editorial grande, también trato de dar una mano a las independientes que apuestan a uno”, explica el escritor nacido y criado en Isidro Casanova, hincha de Almirante Brown.

“Lo principal es escribir el libro sin pensar que te va a dar. Volverme a encontrar con el texto de Chamamé, diez años después, me hizo muy feliz porque me di cuenta de todo lo que trabajé y que no me apuré, ya que no le cambiaría nada”, reflexiona y agrega: “Lo que quiero es seguir así, en paz y en cero con las cuentas, aunque llegue justito a fin de mes (risas). Hasta ahora, me funciona ir caminando peldaño a peldaño”.

Antología de colección
Nunca corrí, siempre cobré, editado por Evaristo Cultural, es un compilado de columnas, relatos y anécdotas que Oyola publicó en diarios nacionales, de España y Uruguay. “Esos textos más autobiográficos se los dí a unos ex alumnos que tienen una editorial independiente para que aprovechemos la repercusión que había tenido Kryptonita y ellos le dieron un orden cronológico, que yo no había pensado cuando fui escribiendo”, explica el autor y detalla: “El libro empieza con un relato de iniciación y termina con un texto inédito que escribí al mes de la muerte de mi maestro Alberto Laiseca, fallecido en diciembre del 2016. Yo estaba paralizado por el dolor, hasta que una noche soñé con él y le escribí”.

Una historia de amistad y traición
Chamamé fue editado en 2007 en España, donde ganó el Premio Dashiell Hammett al Mejor policial en la Semana Negra de Gijón. Cuenta la historia de El Perro y El Pastor, dos criminales que se batirán a duelo por un ajuste de cuentas. Oyola detalla: “Son piratas del asfalto que eran como hermanos y, al estar privados de su libertad, se convirten al evangelismo. El Pastor le “mejicanea” un botín para construir una iglesia en Brasil o en Paraguay y El Perro, que es el narrador de la novela, lo persigue para agarrarlo antes de que llegue a la Triple frontera”.

Cuenta pendiente
El escritor matancero reconoce que todavía le queda pendiente terminar Ultratumba, una novela que viene escribiendo hace años. “Como por suerte le está yendo muy bien a Chamamé, ahora estoy girando por el interior y en agosto espero poder retomar para terminarla, ya que quiero que salga el año que viene, estoy cerrándola”. “Transcurre en una unidad penitenciaria femenina, es bastante oscura y, con todo lo que pasó con Kryptonita, que fue un mundo muy alegre, me costó adentrarme en momentos de mayor introspección”, concluyó.

 

Fuente El digital: http://www.el1digital.com.ar/articulo/view/66666/leonardo-oyola-el-narrador-de-ficcion-nunca-debe-juzgar

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