MÁS ACÁ

En “Las invitadas” de Silvina Ocampo, vemos todo a través de un espejo que deforma la realidad. La altera, la descoloca. La matriz que configura los relatos no es mimética, algo se interpone en nuestra visión y lo que se nos presenta es tan extraño como perturbador. Los recuerdos parecen sueños, los sueños; recuerdos. Los cuentos nos colocan de frente a una duda: ¿qué es más terrible? ¿el más allá o el más acá?

 

Lei Torres recomienda Las Invitadas

Por Leila Torres

 

Los niños lo supieron simultáneamente, como un viento que mueve las hojas de un árbol, todas a la vez en diversas formas. Lo supieron en el comedor, en la capilla, en los patios, mientras jugaban a la mancha. Seguramente vestían lo de siempre, estaban limpios. A pesar de sus parecidos, se sentían solos. Creían que lo que cada uno sabía, individualmente, no se sabría nunca: el ángel había llegado y les mostró sus caras. Luego se sintieron a gusto consigo mismos, escribieron cartas en papeles diversos, cartas de colores, largas y ambiguas. Eran felices, estaban compartiendo un secreto y con él, se alejaban del lado fastidioso de la vida. Incluso un día, en dibujo, la maestra les pidió que dibujaran cualquier objeto que sentían: “todos dibujaron, durante un tiempo alarmante, alas (…)”. Alas monótonas, iguales. Fueron regañados por dibujar siempre lo mismo “y por último, escribieron en el pizarrón: Sentimos las alas, señorita”. Y realmente lo sentían, tanto o más profundamente cuando al precipitarse en el abismo, volaron.
De los niños no se sabe nada más así como no tanto más sabemos sobre los personajes o acciones de muchos de los cuentos. Silvina nos cierra una puerta pero a través de su cerrojo, podemos abrir numerosas más. El narrador muestra a la vez que deja oculto y su receta nos seduce, nos embriaga lo justo y necesario para continuar con la lectura. Con el libro, dudamos de nuestra percepción y de los objetos ¿Las cámaras fotográficas no realizan una copia de la realidad? ¿No congelan un momento  y lo reproducen tal cual, volviéndolo eterno? No en “La revelación” donde una señora muy bonita visita al pequeño Valentín que sufre de una enfermedad terminal. Sus amigos, que lo acompañaban, no la veían: “reíamos, pero nuestra risa se confundía con el llanto: de  nuestros ojos salían lágrimas.”
La realidad es oblicua. Los objetos cobran vida y las personas se comportan como objetos. Un simple par de lentes puede manejar el destino de las personas. Néstor Medina era el dueño de “El almacén Negro” y fue velado, tras su muerte, frente al mismo. Lo que hicieron sus hijos a continuación al disputarse su fortuna, le hubiera ocasionado al señor Medina su segunda muerte. La mercadería en el almacén comenzó a pudrirse por lo que hicieron un remate en el que Roberto Spellman, compró unos lentes con el estuche, que le pertenecían a don Néstor Medina. Tres meses después, la buena suerte acompañó a la familia de Roberto Spellman y la familia Medina la perdió. ¿Qué harías vos para recuperarla?  “No parece posible que un par de lentes pueda provocar una tragedia; sin embargo, en este caso, la provocó”.
¿Qué harías si una cara pequeña apareciera en tu mano y te hablara? ¿Qué harías si te combatiera, alejándote de tus deseos? En “La cara en la palma”, la desventura del personaje es la nuestra. Sentimos lo siniestro de la malformación, la impotencia de la autodestrucción. El espejo en el que miramos con Silvina Ocampo, nos devuelve una figura deformada de la realidad y el canibalismo nos parece desagradable ¿Pero qué tan lejos estamos, más acá, en nuestra realidad, de comernos entre nosotros? Pareciera que el espejo tiene pliegues pero en lo defectuoso reside lo maravilloso porque plegar es reducir la visibilidad, disminuirla pero también “entrar en la profundidad de un mundo” (Adriana Mancini).

La mirada infantil presente en alguno de los cuentos, nos cautiva tanto como nos deja perplejos. Los niños carecen de sensatez, de cierta moralidad y hay hechos crueles que se muestran tergiversados. Nuestra mirada adulta colisiona con la infantil y los átomos de nuestro cuerpo vibran. Así sucede cuando los padres de Lucio viajan a Brasil, dejando a la niñera a cargo del cumpleaños. Cuando llega la fecha tan esperada, Lucio recibe siete invitadas: Livia, Alicia, Irma, Milona, Elvira, Ángela y Teresa que son presas de sus acciones. La criada, al finalizar el festejo, denuncia: “Las mujeres son peores que los varones. Es inútil.”

Silvina Ocampo, que durante muchos años estuvo eclipsada por el reconocimiento a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares – su esposo –  y Victoria Ocampo, su hermana, logra convertirse en amanecer y deslumbrarnos con muchas obras (Los días de la noche, Invenciones del recuerdo, La promesa, El dibujo del tiempo, Cornelia frente al espejo y su Autobiografía). La escritora como el sol, el mejor pintor de la naturaleza, dejó plasmadas perfectas sombras y huellas con textura y relieves, que nos invitan a nuestra intimidad, a la introspección siniestra de que nuestra realidad – la que está más acá – complementa lo terrible, lo extraño y lo fascinante.

Leila Torres

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M Train El lado B de Patti Smith

La reseña de hoy es de las que más me gustan, donde la música y la vida se cruzan y nos llevan de viaje por territorios mágicos. Es sobre el ultimo libro de Patty Smith, M Train, donde cuenta como sigue su vida después de despedir a sus grandes amores y afectos. Y veo que a Gretel, le pasa los mismo con Patty, es que ella nos toca a todos el corazón.

Gretel Bohoslavsky es librera desde hace 6 años, actualmente trabaja en la librería Ghandi de Puerto Madero. Estudió teatro, hace yoga, le gusta leer y sobre todo hablar de libros con clientes, compañeros y amigos. Le gusta la poesía, los libros infantiles y sus autores preferidos son Marguerite Duras y John Berger.

M Train

M Train  El lado B de Patti Smith

En diciembre de 2016 llegó a las librerías M Train (Lumen) último libro de Patti Smith. Si con Éramos unos niños (2010) realizamos el trayecto que la llevó en 1967 de Chicago a Nueva York donde conoció a Robert Mapplethorpe, con quien compartió sus años de formación y búsqueda artística, con M Train nos asomamos a la intimidad de una artista que a sus 70 años no ha traicionado sus ideas de libertad, su sensibilidad para registrar detalles de la vida cotidiana que nos conectan velozmente con el pasado y que pueden proyectar cierta esperanza hacia el futuro.

Ya en Babel (1978) podemos reconocer los temas que estarán presentes en su narrativa “El argumento de nuestra vida suda en la oscuridad como un rostro. El misterio en explosión del nacimiento. De la infancia misma. Excursiones a tumbas. Ofertas apacibles. ¿Qué nos llama? ¿Por qué debemos rezar gritando? ¿Por qué no se redefine a la muerte? Cerramos nuestros ojos, estiramos los brazos y giramos en torbellino sobre un cristal”. Las imágenes a las que alude este fragmento podemos encontrarlas también en M Train pero con la madurez estilística de una artista que forma parte de la vanguardia.

M Train es un libro melancólico, onírico, una confirmación de sus obsesiones y un registro de sus viajes a lugares como Tánger, en Marruecos o Coyoacán, en México que realizó movida por su admiración a Paul Bowles y Frida Kahlo.

Por la mañana y desde un rincón del café’ Ino del Greenwich Village partimos hacia Saint-Laurent-du-Maroni, una ciudad al norte de la Guayana Francesa que visitó junto a su marido Fred Smith con el deseo de ver qué quedaba de la colonia penal de la que escribió Genet en su libro el Diario del ladrón y bajo la promesa de que al regresar buscarían su primer hijo.

Sus relatos involucran también aspectos en apariencia triviales que generan una profunda empatía con el lector como cuando después de regalar a sus gatos unos ratones de juguete con olor a hierba gatera pasa Nochebuena en un cine cerca del hotel Chelsea, sola entre “vagos” viendo Millenium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres. Así descubrimos su afición por las series policiales como CSI: Miami, Ley & Orden, The Killing, en su versión americana, y su identificación con la protagonista a quien dedicará el capítulo “Cómo Linden mata lo que ama”. Tanta fue su admiración por la detective Sarah Linden que llegó a participar en uno de los episodios.

Su interés por la obra del geofísico alemán Alfred Wegener nos lleva a la ciudad de Reikiavik, en Islandia y más tarde a Alemania, donde se hospeda en un hotel de la antigua Berlín Oriental cercano al café Pasternak. Siempre acompañada de su Polaroid retrata en blanco y negro al autor de El maestro y Margarita, Mijaíl Bulgákov; contempla también los retratos de los poetas Anna Ajmátova y Vladímir Maiakovski y visita la tumba de Bertolt Brecht, en el cementerio de Dorotheenstadt.

Patti Smith Más tarde nos acerca a las tumbas de Yukio Mishima, Ryunosuke Akutagawa y Osamu Dazai, en Tokio y de Sylvia Plath, en Yorkshire.

No quisiera que ésta enumeración de acontecimientos dejara de lado la emoción con que son narrados, la permanente conexión con sus recuerdos, su fascinación por Roberto Bolaño, Haruki Murakami, W.G. Sebald, Albert Camus, Herman Hesse y William Blake por nombrar algunos. Sus inquietudes literarias conviven con el amor por su familia, con la pérdida tras la muerte de su marido, su madre y amigos. Su relación con las cosas es profundamente emotiva y simbólica como su sueño del café propio al que llamaría Nerval y que sería un lugar de reunión para poetas y viajeros, el de vivir junto al mar con un jardín destartalado pero que fuera suyo.

Los recuerdos son vívidos, piensa en voz alta y podemos escucharla declamar “Queremos cosas que no podemos tener. Intentamos recuperar cierto momento, cierto sonido, cierta sensación. Yo quiero oír la voz de mi madre. Quiero ver a mis hijos cuando eran niños. Manos pequeñas, pies ligeros. Todo cambia. El hijo crece, el padre muere. La hija es más alta que yo, llorando por una pesadilla. Por favor, quédense para siempre, les digo a las cosas que conozco. No se vayan. No crezcan”. Su falta de pose y su honestidad intelectual como cuando nos dice “No es tan fácil escribir sobre nada” no se contradicen con su abordaje metafísico que practica desde lo cotidiano, no desde lo filosófico.

Para quien escribe estas líneas haber leído M Train en el verano porteño y con la desazón de los días cercanos a las fiestas de fin de año, fue un verdadero regalo de Navidad.

 

 

Discos sugeridos:

Horses (1975)

Land (1975-2002)

Banga (2012)

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Lennon, por dentro

A Sabrina ya la conocen, lectora enamorada, si, enamorada, porque cuando habla de libros los ojos parecen de fílmico y por ahí pasa una película que atrapa. Así lee Sabri y así trasmite lo que lee. Esta vez eligió a John, y si bien ella es más de Paul y yo más de John (está una charla que siempre solemos tener). En esta oportunidad Sabrina nos cuenta cómo su escritor David Foenkinos, también beatlemaníaco, se pone en la piel de John Lennon y en tono confesionario, íntimo, repasa su vida y la de quienes la compartieron con él.  

lennon tapa OK

 

LENNON
David Foenkinos
ALFAGUARA
Maravilloso. Una delicia. Poesía.

Cada capítulo de este libro está contado como una sesión de terapia de John, en primera persona, que va hilvanando diferentes momentos de su vida.

Foenkinos desmenuza el huracán de sentimientos de John, por momentos atormentado, furioso con la vida, creativo, irreverente, transgresor, ácido, cómico… El relato es tan ágil que te va llevando, cala hondo en los sentimientos de John y comprendes más por qué era como era… hechos que lo marcaron en su infancia y en su adolescencia, las pérdidas físicas y afectivas, cómo se forjó la amistad con Paul McCartney, el complemento, la influencia, ese feedback que tenían, con sus altibajos, mezcla de complicidad, admiración, celos, competencia, nostalgia, etc.,la llegada del éxito como un juego al principio que luego se transforma en una mochila muy pesada, el encuentro cercano con la droga como escape de la realidad, un matrimonio fallido y la paternidad ausente, y el amor verdadero que llega al fin a su vida que lo liberó de sí mismo e incrementó su caudal creativo.

“Con Yoko estaba completo al fin, me sentía consumado. Hasta entonces había vivido en la incompletitud de mí. Había encontrado el refugio. Había encontrado la madre. Yoko es yo…”

“…Las canciones grabadas en nuestra primera noche dieron un álbum que bautizamos <2Virgins> . Es lo que éramos. Éramos vírgenes. Nuestro pasado ya no existía…”

“…Cuando se tiene todas las mujeres que uno quiere, cuando la sensualidad es un país recorrido en todos los sentidos, entonces el terreno del deseo se desplaza…”

“…esa es la definición suprema del amor: una persona que reduce el mundo a nada…”

Y así miles de fragmentos.

Este libro me aportó algunos hechos que desconocía de la vida de John, otros ya me eran conocidos, aunque me dio una nueva perspectiva. Imposible no empatizar con sus sentimientos… Aunque mi Beatle de toda la vida siempre fue y será Paul, puedo decir que este libro me acercó a John.

Un libro inolvidable.

 

Sabrina Cruz

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Dimensiones de Alice Munro

A Leila, la conocí en un desayuno de la editorial, en las presentaciones de novedades en San Telmo, tiene 20 años y trabaja en la librería El Aleph de Avellaneda. Viene de familia librera y muy muy lectora, estudia comunicación y lo que más le gusta es cantar y hacer tela, fibra de artista.

Eligió reseñar Dimensiones de Alice Munro, sus relatos tienen una profundidad humana tan honda que entrar en ella puede resultar pertubardor o milagroso. Leyendo su reseña intuyo que Leila es de la chicas Lara Crosf, de las guardianas que se internan en el tema y salen con la reliquia a salvo. Acá va su mirada sobre “Dimensiones”.

Lei Torres, Librería El Aleph Avellaneda

 

Aire quizás sea lo que más necesitemos a la hora de embarcarnos en la lectura de “Dimensiones” de Alice Munro -ganadora del Premio Nóbel de Literatura 2013- publicado en Demasiada felicidad. Podríamos reclamarle por qué no nos regala finales felices, tal como ella lo necesitó de pequeña con “La Sirenita” pero ¿qué sentido tendría este reclamo? Las sirenas respiran bajo el agua sin dificultad. El desafío de respirar cuando la realidad nos ahoga lo tenemos nosotros. Acaso la autora nos lo advierte en un comienzo a través de Doree, nuestro personaje principal quien le dice a su esposo: “Tienes que tomar aire”. A lo largo de la narración, nos encontramos sosteniendo la respiración como si los hechos que se desenvuelven por momentos nos sofocaran para luego dejarnos exhalar y volver a inhalar, al menos por unos instantes.

Sin pedir permiso, el narrador nos exige dar saltos en el tiempo pero esta exigencia no nos fatiga si no que es placentera. El mismo nos coloca como lectores en un punto de partida: Doree es camarera del Bluee Spruce Inn pero algo le ocurrió y ella permite que el trabajo la agote de tal forma que dormir se torne posible. Lleva en su cuerpo la impresión de un pasado que nos intriga y el cual podemos visitar de a poco. Cuanto más nos sumergimos en él, el narrador nos aparta en un constante juego de elipsis, porque todavía no podemos verlo todo y nos sitúa en otra escena cuyos diálogos nos dejan aspirando a más.

Somos continuamente colocados y descolodados en distintos momentos de la historia de Doree y a nosotros, lectores, no nos queda más remedio que disfrutar estos sacudones. Esto es propio del estilo de Alice Munro en el mencionado libro: el suelo que pisamos cuando nos enfrentamos a sus lecturas no es fijo y muchos de los terremotos que mueven las historias, ocurren también en lo más profundo de nuestro ser. Citando a Franz Kafka, sus cuentos logran “ser el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros”.

La protagonista nos toma de la mano desde el principio y la acompañamos a tomar tres autobuses. ¿Hacia dónde? Estamos ansiosos pero todo viaje implica paciencia. Pronto la historia frena y nos muestra una foto: un recién nacido en sus brazos, Barbara Ann y Sasha a cada lado, lo miran. Tres autobuses, tres niños.

Continuando la lectura vemos un poco más gradualmente, como si desempañáramos un vidrio. La crueldad que presenciamos contenida en ciertos momentos nos impacta y quisiéramos soltarle la mano a Doree, para que no duela. Vemos como le afectan los hechos a Doree, somos sus cómplices. Desde nuestra dimensión, hacemos nuestros sus secretos y nos ensimismamos en la narración para comprender su sentido. Quizás a esto se deba el vuelco de nuestro estómago en el incidente de mayor tensión de la historia que no se presenta como colorida epifanía sino como un golpe crudo de realidad que vuelve a Doree diferente.

Los pasajes al pasado no son los únicos que se abren continuamente si no también la voz de los personajes. En las cartas que Doree recibe de Lloyd, su esposo preso, no hay ningún tipo de introducción. La voz de Lloyd realiza un tajo y nosotros nos adentramos en el mismo como si las cartas nos pertenecieran. Su carácter enigmático resulta abrumador y junto a Doree vamos en busca de explicaciones.

Pero las explicaciones nunca resultan suficientes y nosotros nos nutrimos de esa falta. Lo que no se dice nos lleva a la reflexión que Alice Munro construye con éxito. ¿Por qué “Dimensiones”? ¿Acaso esta es la única realidad que vivimos? ¿Son posibles otras realidades? ¿Cuáles vivenciamos y cuáles son producto de nuestra locura? O mejor, ¿cuál dimensión elegimos cuando la realidad nos excede? Doree encuentra que la nueva dimensión creada le da tranquilidad, le proporciona un refugio de los miedos que la acechan. Miedos que tienen nombre propio y que la persiguen hasta el final.

La velocidad del final pone en jaque nuestra respiración por última vez. En la dimensión de la historia debe haber silencio. Un chico que aparece lastimado debe respirar y todos los personajes implicados, para Doree, deben procurarlo. Posiblemente al leer la última palabra, el lector se encuentre en su dimensión exhalando un aire pesado, escalofriante y temeroso al recordar que la muerte también está de este lado.

 

Leila Torres

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El pozo de Onetti

el pozo onetti Nuria me agarra del brazo, me lleva a un costado y me susurra “ya sé sobre qué quiero escribir, sobre la primer novela de Onetti”. El escritor oscuro y pesimista, el kafka rioplatense, que en El pozo (1939) se anticipa a lo que se llamó la “nueva novela latinoamericana” 

Onetti con esta novela cumple con la regla de oro de los artistas cachorros, pone toda la carne en el asador.

La trama es muy Onetti, escrita durante un fin de semana en el que el narrador se quedó sin tabaco, a modo de diario del protagonista. Novela corta que ya se prefigura el tema que retomaría y desarrollaría más profundamente en La vida breve, donde el protagonista crea la ciudad ficticia de Santa María.

“…esta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce…”

            El pozo es la primera novela de Juan Carlos Onetti. Escrita en primera persona. El personaje principal, Eladio Linacero, ya con cuarenta años, decide escribir sus memorias.  Durante la novela recordará a varios personajes que marcaron su vida. A casi todos los recuerda con desprecio; salvo a uno de ellos, un poeta que despertó su admiración.

La idea es muy simple, lo atractivo de la historia es el personaje que está por encima del conflicto en sí. Es que “El pozo” nos describe la oscuridad y la soledad, se puede sentir a medida que van avanzando las páginas. Eladio Lincero viaja por dentro, entre recuerdos, por momentos puede parecernos un total antipático pero terminamos de alguna manera identificándonos con él, con su desesperación. Me gustan las novelas donde el personaje se hunde, llega al hueso, eso es lo que pasa en este relato. Eladio  le cuenta sus aventuras a las sombras, espera todas las noches la presencia de un fantasma, confunde la felicidad con el descreimiento en todo. De esta manera logra una total compasión.

Lo que más me gustó es cuando llega la noche y el personaje empieza a desnudar cada vez más su soledad, el tiempo transcurre lento a su alrededor y él está en el medio de la nada. El vacío, la noche, la oscuridad, todos elementos de la tristeza inevitable.

En lo personal me da miedo la oscuridad y el silencio, todo es más terrible cuando es de noche, por eso duermo con la tele prendida y con los anteojos puestos. A Eladio la oscuridad lo atrapa y lo arrastra hasta el fondo de sí mismo, hacia el vacío. Se puede sentir el miedo sin que se haya nombrado ni una sola vez.

Casi sin describir el espacio, Onetti logra que podamos ver claramente esa habitación vacía donde el personaje escribe sus memorias. El despojo total, la nada. Nombrando unos pocos sonidos (los gallos a lo lejos) nos hace sentir el asfixiante silencio donde los pensamientos aplastan de forma inevitable. Relato de una desesperación entre cuatro paredes.

Nuria Rodríguez.

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